¿Cómo han respondido los cristianos al libro "El origen de las especies" de Darwin?

Incluso antes de que Darwin publicara El origen de las especies en 1859, muchos cristianos ya habían aceptado una Tierra vieja.

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Image Credit: Sarah Bodbyl Roels

Incluso antes de que Darwin publicara El origen de las especies en 1859, muchos cristianos ya habían aceptado que la Tierra era una Tierra vieja. Uno de los primeros defensores de la ciencia evolutiva en Estados Unidos, el biólogo de Harvard Asa Gray, era un cristiano devoto. El teólogo conservador B. B. Warfield también aceptó la ciencia de la evolución, y tanto él como Asa Gray rechazaron la idea de que la evolución nos conduce inevitablemente hacia el ateísmo. Incluso los autores de The Fundamentals, publicado entre 1910 y 1915, aceptaron que la tierra era una tierra vieja. Un siglo después de que Darwin publicara El Origen de las Especies, un gran número de evangélicos y fundamentalistas comenzaron a aceptar una versión de los hechos que combinaba la geología del Diluvio y la creación de 6 días que fue promovida por los adventistas del séptimo día.

Introducción

Muchos creen que, antes de que Darwin publicara el origen de las especies en 1859, todos los cristianos defendían una interpretación completamente literal de seis días del Génesis, una que enfatizaba que la tierra tenía solo unos pocos miles de años. Sin embargo, la idea de que la tierra era vieja ya se había vuelto popular entre los cristianos medio siglo antes de la publicación de El Origen de las Especies.

Otra malinterpretación de los hechos es que muchos piensan que la llegada de la teoría de Darwin provocó que muchas comunidades científicas y teológicas comenzaran a tener problemas justo después de que apareciera. Sin embargo, la historia nos revela que uno de los primeros defensores de la teoría de la evolución en la comunidad científica estadounidense fue un devoto botánico cristiano llamado Asa Gray; y entre los teólogos, B.B. Warfield, una persona clave en la comprensión evangélica contemporánea de la inerrancia bíblica, quien creía que ciertas formas de evolución también eran compatibles con las Escrituras.

La Primera Reacción Cristiana al Origen de las Especies en América

Darwin no se inventó la idea de la evolución. Cuando se publicó El origen de las especies, la idea de que existía un proceso evolutivo en muchos procesos naturales ya había comenzado a sonar con frecuencia, y el término “desarrollo” ya era bastante común en otras disciplinas, como en discusiones acerca de los cambios que se dan en la sociedad o la historia del sistema solar. De hecho, ya se había aceptado que la Tierra era mucho más vieja de lo que nos pensábamos. La mayor parte del trabajo preliminar para adquirir este tipo de comprensión resultó del trabajo geológico realizado a principios de ese siglo. Mediante un estudio meticuloso del registro fósil, los naturalistas ayudaron a difundir la opinión de que la tierra era más vieja de lo que al principio nos pensábamos.

Aunque a muchas personas les gusta centrarse en el hecho de que ciertos sectores del cristianismo continuamente muestran algún tipo de hostilidad hacia la teoría de la evolución, un análisis cuidadoso de la historia nos revela algunos hechos sorprendentes. Por ejemplo, el primer científico estadounidense que revisó cuidadosamente y apoyó públicamente a Darwin fue un cristiano devoto llamado Asa Gray, quien es considerado en la actualidad como uno de los biólogos estadounidenses más destacados del siglo XIX. Asa era una persona tímida que evitaba la política y trabajó en su campo de conocimiento sin llamar mucho la atención, por eso no es tan conocido como otros científicos de su época, entre los que se encuentran Louis Agassiz y T.H. Huxley, quienes fueron ostentosos auto-promotores que provocaron que el debate público se intensificara muchísimo. Sin embargo, la brillante carrera de Asa Gray y sus 30 años años de investigación en la Universidad de Harvard ayudaron a marcar el comienzo de la era de la biología moderna en los Estados Unidos.

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Asa Gray le dio su vida a Cristo en 1835, pocos años después de completar la escuela de medicina (al igual que lo hizo Francis Collins en la actualidad). Como cristiano profesante, Gray era un feligrés comprometido y miembro de una congregación local en Cambridge, Massachusetts. Como científico profesional, insistió en que la ciencia era neutral con respecto a temas como la religión y la metafísica. Gray pensaba que la teoría de la evolución era increíblemente estimulante para su investigación científica, pero nunca llegó a pensar que la evolución pudiera entenderse como una amenaza para la fe cristiana. Tanto antes como después de leer El origen de las especies, Gray se mantuvo firmemente arraigado en el Credo de Nicea, una profesión de fe que los cristianos han compartido desde la Iglesia primitiva.

¿Qué sucedió entonces cuando El Origen de las Especies irrumpió en la escena? Gray realizó una extensa investigación sobre plantas estadounidenses y japonesas, la cual publicó después de mantener correspondencia con Charles Darwin, la cual ya lo había convencido de que las especies y géneros biológicos que se encuentran en ambos países procedían de un ancestro común y, por lo tanto, no habían aparecido a través de actos de creación separados. Gray respondió al libro de Darwin escribiendo la primera gran reseña del Origen de las Especies que surgió al otro lado del Atlántico, y defendió la teoría científica de Darwin durante una serie de reuniones que organizó la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia en 1859 y 1860. Gray había llegado a la firme conclusión de que El Origen de las Especies sería bienvenido dentro de la comunidad científica, e incluso asumió un papel de liderazgo en las negociaciones para reimprimir El Origen de las Especies en los Estados Unidos en 1860, para asegurarse de que los estadounidenses pudieran acceder a la edición más precisa que existiera en ese momento.

Con respecto a las implicaciones teológicas de la evolución, Gray creía que la teoría de Darwin no conducía hacia el ateísmo, aunque reconoció que algunos la usarían como una “excusa” para no creer. De ese modo, concluyó, necesitamos “remodelar” el argumento del diseño “de tal manera que armonicemos la fe ineludible que hemos depositado en el diseño con la creencia científica fundamental de que existe una evidente continuidad en la naturaleza, una que ahora se extiende tanto para las formas orgánicas como para las inorgánicas, para los seres vivos, así como para las cosas inanimadas”. La cuestión de si la vida evoluciona o no, no debe confundirse con la cuestión de la existencia de Dios. En cambio, Gray pensó que cada tema debería investigarse utilizando métodos apropiados para la naturaleza intrínseca de cada una de estas dos áreas de conocimiento. El hecho de que se negara a defender cualquiera de los extremos dentro de este polémico (e innecesario) debate llegó a molestar tanto a los anti-evolucionistas como a los divulgadores radicales de la ciencia, quienes estaban ansiosos por creer que la evolución conduciría inexorablemente al mundo hacia el ateísmo.

“Con respecto a las implicaciones teológicas de la evolución, Gray creía que la teoría de Darwin no conducía hacia el ateísmo, aunque reconoció que algunos la usarían como una “excusa” para no creer”.

El surgimiento de las primeras preocupaciones teológicas acerca de la evolución

En las décadas posteriores a la publicación de El origen de las especies, los teólogos comenzaron a reflexionar sobre el tipo de compatibilidad que pudiera existir entre la teoría de Darwin y la doctrina cristiana. Algunos de ellos adoptaron el punto de vista de Gray de que la evolución era el método que Dios había utilizado para crear la vida en la Tierra. Otros, argumentaron que dado que Darwin trataba de explicar en su libro el aparente diseño que existe en la naturaleza, su teoría solo era compatible con el ateísmo. Algunos académicos aceptaron el argumento de Darwin a favor de la ascendencia común, pero rechazaron la idea de la selección natural, ya fuera por razones científicas, filosóficas o teológicas. Otros se resistieron a la idea de la evolución, específicamente para la especie humana, en parte debido a la preocupación de que la evolución pudiera entrar en conflicto con la afirmación cristiana de que los seres humanos fueron creados a imagen de Dios.

Sin embargo, con el tiempo, incluso algunos de los teólogos más conservadores se comenzaron a sentir más y más cómodos con la evolución. B.B. Warfield, por ejemplo, fue una persona crucial en el proceso de establecimiento de un legado influyente y duradero en el evangelismo estadounidense, gracias a su creencia de que la Biblia comunica la revelación de Dios sin errores. Sin embargo, al mismo tiempo que Warfield defendía la infalibilidad bíblica, Warfield también defendió la posibilidad de que Dios también podría haber creado la vida a través de la evolución. Warfield entendía que la providencia de Dios había sido una parte fundamental dentro de los procesos naturales que están presentes en el mundo, y no pensaba que la providencia de Dios los hubiera reemplazado por completo. En la mente de Warfield, la autoridad bíblica era totalmente compatible con un proceso de evolución que hubiera sido guiado por Dios.

El auge del creacionismo de la Tierra Joven

Aunque muchos cristianos estaban preocupados por lo que la teoría de la evolución de Darwin podría implicar para su fe, a fines del siglo XIX, hubo muy pocos autores cristianos que defendieran una Tierra joven. De hecho, fueron los adventistas del séptimo día quienes más defendieron esta posición debido a los escritos de su profeta fundadora, Elena G. White. Elena afirmó haber visto la creación de la Tierra a través de una visión de Dios. En otra visión diferente, Dios también le había revelado que el diluvio de Noé había sido el causante de que el registro fósil existiera. Los primeros adventistas usaron estas visiones como punto de partida para explicar los datos geológicos que se encontraron a principios del siglo XIX con su interpretación de la historia del diluvio de Génesis 6-8.

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Entre 1910 y 1915, un grupo de cristianos conservadores escribió una gran colección de artículos titulados The Fundamentals. Dentro de esos artículos, aclararon las creencias de fe que algunos cristianos conservadores estaban intentando defender debido a las amenazas que comenzaron a surgir en contra de sus propias creencias durante esa época. Curiosamente, The Fundamentals no puso ningún énfasis en el diluvio de Noé como una de las posibles explicaciones que pudiera explicar los datos geológicos que ya se habían recopilado hasta ese momento, y los contribuyentes de The Fundamentals aceptaron que la Tierra era vieja. Incluso William Jennings Bryan, un fundamentalista que luchó contra la enseñanza de la evolución en las escuelas públicas, aceptó que la Tierra era vieja.

Sin embargo, la campaña Creacionista moderna ganó más fuerza al mismo tiempo que un movimiento anti-evolucionista más intenso comenzó a surgir durante las décadas posteriores. El centenario de la publicación de Darwin en 1959 trajo consigo una petición por parte de los académicos que tenía el fin de aumentar la consciencia con respecto a la teoría de Darwin entre el público americano. Casi al mismo tiempo, el gobierno federal financió el Estudio del Currículo de Ciencias Biológicas (BSCS), el cual produjo una serie de libros de texto que enseñaban la evolución sin tapujos. Muchos cristianos conservadores de la época consideraron esto como un intento de “hacer que los niños se tragarán la evolución por la fuerza”.

Al parecer, en respuesta a este resurgimiento, John Whitcomb y Henry Morris actualizaron la geología del diluvio adventista en su libro de 1961, The Genesis Flood: The Biblical Record and Its Scientific Implications. En el libro, Whitcomb y Morris ofrecieron una explicación de cómo el diluvio de Noé podría explicar la evidencia geológica que existía en ese momento para llegar a la conclusión de que la tierra era vieja. Poco después, comenzaron a formarse pequeños grupos de científicos cristianos conservadores que apoyaron esta investigación. Estos grupos fueron conocidos como creacionistas de la Tierra Joven y a la geología del Diluvio le pusieron de nombre “creacionismo científico”. El movimiento siguió creciendo y, en la década de 1970, el término “creacionismo” pasó a identificarse exclusivamente como la creencia de que Dios creó en 6 días de 24 horas literales y que la tierra era joven, en lugar de referirse a la creencia fundamental y más general de que Dios es el Creador del cielo y la tierra, independientemente del período de tiempo que hubiera estado involucrado durante el proceso de creación.

Conclusión

Volviendo de nuevo a la publicación original de El origen de las especies en 1859, hemos podido observar que la recepción cristiana original de la teoría de Darwin no fue universalmente hostil, y que Asa Gray incluso la consideró como una teoría reveladora a nivel científico. Con una fe firmemente basada en los credos de la iglesia primitiva, Gray realizó una brillante investigación científica y mantuvo un compromiso inquebrantable con Cristo.

En realidad, el creacionismo de la Tierra Joven se convirtió en una visión generalizada dentro de la comunidad evangélica durante la segunda mitad del siglo XX. Sabiendo esto, muchos cristianos en la actualidad han decidido dejar de perpetuar una “guerra” en contra de la ciencia. Eruditos prominentes como Asa Gray y B.B. Warfield demuestran que, de hecho, es posible creer en la infalibilidad de las Escrituras y al mismo tiempo aceptar la evidencia científica de la evolución.

Última actualización en December 10, 2024


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