¿Se pueden reconciliar la ciencia y las Escrituras?
Las verdades que encontramos en las Escrituras no deben entrar en conflicto con las verdades que encontramos en la naturaleza. Los conflictos ocurren en el nivel de la interpretación humana.
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Las verdades que encontramos en las Escrituras no deben entrar en conflicto con las verdades que encontramos en la naturaleza. En realidad, los conflictos surgen cuando los seres humanos las interpretamos.
Los cielos proclaman la gloria de Dios; el firmamento revela la obra de sus manos.
Salmos 19:1, 7 (RVC)
En la fe cristiana, Dios se revela tanto a través del libro escrito de la Biblia como a través del “libro” de la naturaleza que Dios ha creado. Debido al carácter constante e invariable de Dios, estos dos “libros” no pueden entrar en conflicto. Sin embargo, a veces parecen comunicarnos cosas contradictorias sobre el origen de la creación de Dios y la forma en la que Dios lo creó todo. ¿Qué hacemos entonces cuando los resultados de la ciencia parecen no estar de acuerdo con las interpretaciones bíblicas más comunes?
Una manera de abordar la respuesta es decir que la Biblia siempre tiene la razón y que la ciencia está equivocada; sin embargo, esto a menudo provoca que una interpretación bíblica pueda llegar a elevarse al nivel autoritativo de la Biblia misma. Las Escrituras siempre se nos han dado y las hemos recibido dentro de un contexto cultural específico. Al intentar comprender la Biblia dentro de nuestro contexto actual, los cristianos a veces no estamos de acuerdo con el significado de ciertos pasajes que allí se encuentran. Algunas enseñanzas de las Escrituras, tales como los relatos de la muerte y la resurrección de Jesús, tienen un significado claro que la iglesia ha afirmado y defendido a lo largo de los siglos alrededor del mundo. Otras enseñanzas, tales como el bautismo de adultos y niños, son algo más ambiguas y su interpretación ha sido debatida ya durante siglos. De hecho, algunas de esas interpretaciones han cambiado radicalmente con el paso del tiempo cuando los cristianos decidieron reevaluar esas mismas interpretaciones a la luz de las Escrituras en su conjunto (la propiedad de esclavos representa uno de los ejemplos más dramáticos de este tipo de ocurrencia). La tradición de la iglesia también ha sido cuestionada apropiadamente a medida que se nos han presentado nuevas evidencias históricas o científicas. Considere, por ejemplo, el trabajo científico de Galileo, que anuló una cosmovisión que se centraba en la tierra y, por lo tanto, afectó irrevocablemente nuestra interpretación de pasajes como el Salmo 93:1.
Así como la Biblia siempre es interpretada por humanos falibles, la ciencia también es una interpretación humana, en este caso de la naturaleza. Por lo tanto, sus teorías están sujetas a una continua crítica y revisión. Un buen ejemplo de esto son las ideas racistas de la “eugenesia” que aparecieron a finales del siglo XIX y principios del XX, que fueron cuestionadas con razón por muchos cristianos que creían en la Biblia. Sin embargo, la ciencia también tiene métodos internos que tienen el objetivo de revisar la evidencia y eliminar posibles errores dentro de su propia metodología e hipótesis (de hecho, la eugenesia fue finalmente rechazada por la ciencia convencional). Una vez que las teorías son probadas y refinadas por muchos científicos de todo el mundo, estas nos pueden llegar a ofrecer una interpretación cada vez más confiable de la realidad física de nuestro universo. Esto se puede aplicar en muchos aspectos de la teoría de la evolución, los cuales han sido probados y confirmados por numerosos científicos dentro de muchos campos de conocimiento durante un largo período de tiempo.
A veces, los datos científicos podrían entenderse como un tipo de advertencia que Dios nos estuviera dando para esos momentos en los que creemos haber llegado realmente a una conclusión exacta de lo que las Escrituras quieren comunicarnos realmente; o quizás nos pueden ayudar a darnos cuenta de que no estamos considerando nuestras opciones desde la mejor de las perspectivas posibles; o incluso que nuestra perspectiva es errónea. El propósito de la ciencia no es verificar ni añadirles nada a las Escrituras inspiradas de Dios, pero al mismo tiempo, la ciencia sí que puede ayudarnos a eliminar formas erróneas a la hora de interpretarlas. Del mismo modo, los cristianos deben alentar a la ciencia de manera reflexiva y apropiada para que la ciencia misma pruebe rigurosamente sus propias teorías y cuestione sus propias suposiciones, especialmente cuando la ciencia parece contradecir las Escrituras. Sin embargo, debido a que ambas representan medios específicos a través de los que Dios ha elegido revelarse, las dos deben cooperar juntas con el objetivo de alcanzar una armonía suprema entre las dos.




