Publicado el December 10, 2024

Las Escrituras, la Evolución y el Problema de la Ciencia

Kenton Sparks repensa el conflicto evolución/Biblia al discutir los métodos interpretativos utilizados en la historia, el principio de que la naturaleza revela la verdad, la controversia copernicana y un testimonio.

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Comencemos con uno de los grandes padres de la iglesia primitiva, San Agustín. En su comentario del siglo V sobre el libro de Génesis, San Agustín se lamentó de la vergüenza que sentía cuando los cristianos interpretaban la Biblia sin recurrir a la ciencia:

Por lo general, incluso aquellos que no son cristianos saben cosas sobre la Tierra, los cielos y los otros elementos que existen en este mundo, sobre el movimiento y la órbita de las estrellas e incluso su tamaño y posiciones relativas… Al mismo tiempo, cuando un cristiano dice tonterías sin sentido acerca de estos temas usando como fundamento las Sagradas Escrituras, eso es algo muy peligroso, y los cristianos se pueden convertir en un objeto de burla para los infieles. Por lo tanto, debemos hacer todo lo posible para evitar esas situaciones tan embarazosas, en las que los cristianos demuestran su gran ignorancia acerca de temas sobre los que no tienen mucha información, lo que provoca que la gente acabe burlándose y riéndose de ellos con desprecio.1

Un problema al que Agustín tuvo que enfrentarse fue el conflicto que existía entre el pensamiento cosmológico más avanzado de su época (la visión ptolemaica de que los cuerpos celestes del cosmos orbitaban alrededor de una Tierra esférica) y otras dos visiones cristianas que hacían referencia al mismo tema, según las cuales los cielos eran, o una bóveda sólida en forma de semicircunferencia, o una extensión plana en forma de disco suspendida sobre una tierra plana. Tal y como lo sugiere su comentario anterior, la respuesta de Agustín fue la de promover una interpretación bíblica que dejara espacio para que la ciencia pudiera también hacer su trabajo.2

Este conjunto de prioridades les podría parecer un poco extraña a algunos evangélicos, pero todo esto forma parte de la manera general en la que Agustín buscaba reconciliar las aparentes contradicciones y problemas que parecen encontrarse en la Biblia. Siempre que dos textos bíblicos parecían contradecirse entre sí cuando se leían “literalmente”, Agustín estaba dispuesto a asumir que uno de los textos, o incluso ambos, debían leerse de manera figurada o alegórica. De manera similar, Agustín usaba sus estrategias interpretativas para armonizar las Escrituras con los resultados acreditados de la ciencia, algo que era crucial y muy característico en su propio entendimiento de las Escrituras y del mundo que Dios mismo ha creado.

Con respecto a la forma del cosmos, Agustín argumentó que la “cúpula en forma de semicircunferencia” que se nos presenta en Génesis 1 se complementaba con la visión ptolemaica que defendía que la Tierra era esférica. Por lo tanto, Génesis nos da una imagen parcial de lo que el mundo era en realidad a nivel científico. En cuanto a la otra teoría cristiana, la cual defendía que los cielos tenían la forma de un disco3 (usando el Salmo 104:2 como base para fundamentar dicho argumento) Agustín explicó que este salmo es alegórico y no debe usarse como una descripción literal de hechos científicos. Así que, aquí y en muchos otros lugares durante su comentario, Agustín llegó repetidamente a la misma conclusión: tratar el texto bíblico de manera alegórica o figurada es más beneficioso si, al hacerlo, el texto acaba adaptándose con más fidelidad a la evidencia científica que hubiera disponible en ese momento.

De este modo, se pueden extraer tres ideas generales del trabajo y la perspectiva de Agustín. Primero, el aparente conflicto que existe entre la Biblia y la ciencia no es un problema nuevo, sino uno perenne, casi tan antiguo como el Nuevo Testamento. En segundo lugar, Agustín creía que era importante dejar que la evidencia científica tuviera algo que decir acerca de cómo debería interpretarse la Biblia en ciertos momentos. En realidad, Agustín no asumía que la ciencia estuviera equivocada simplemente porque contradijera lo que él consideraba como una lectura “literal” de las Escrituras. En tercer lugar, una de las estrategias exegéticas favoritas de Agustín para resolver este tipo de conflictos teológicos era considerar de cerca el género literario del texto bíblico en cuestión. Si el texto bíblico contradecía de alguna manera la evidencia científica, Agustín se planteaba el hecho de que quizás el pasaje en sí no pretendía comunicarnos un mensaje científico-literal.

Sin embargo, esto no significa que Agustín no hubiera estado dispuesto, en principio, a adoptar una posición firme en contra de la ciencia contemporánea. Por ejemplo, Agustín se resistió fuertemente a las objeciones científicas que minaban el pasaje bíblico de Génesis 1:6-7, el cual afirma que había “aguas que [se] quedaron arriba de la bóveda”. Después de rechazar tanto la evidencia científica que iba en contra de la Biblia como la posibilidad de leer alegóricamente este pasaje, Agustín concluyó que estas aguas existían realmente porque “la autoridad de las Escrituras en este asunto va más allá de todo el ingenio humano”. Por supuesto, si Agustín hubiera estado vivo durante la era de la exploración espacial, sospecho que no pensaría de esa manera y nos indicaría entonces que sería mejor alegorizar estas “aguas celestiales”. No obstante, en la época de Agustín, tal y como Agustín señala con cierto detalle, la evidencia científica parecía ser bastante ambigua.

De hecho, yo sacaría una última conclusión con respecto al trabajo de Agustín: cada vez que Agustín consideraba que la evidencia científica era sólida, ajustaba su visión de la Biblia con el fin de dejarle algo de espacio a la ciencia a la hora de describir el mundo que Dios había creado. En cambio, cuando Agustín consideraba que la evidencia científica no era del todo convincente, se ponía del lado de las Escrituras sin dudarlo. Permítanme sugerirles que es este elemento en particular dentro de la perspectiva de Agustín el que nos lleva irremediablemente a afrontar la pregunta científica y teológica a la que los cristianos se enfrentan en la actualidad: ¿es la evidencia de la evolución lo suficientemente abrumadora y clara como para tener que dejarle espacio en nuestra teología y visión de las Escrituras y como para tener que reajustar nuestra visión general del mensaje bíblico? ¿O quizás la evidencia no es del todo convincente y la evolución es una teoría improvisada por científicos impíos que desean desacreditar la fe cristiana? Esta es una pregunta sobre la que me gustaría hablar en otro artículo en el futuro.

En cuanto al problema de la ciencia y las Escrituras, una opción que Agustín nunca llegó a considerar en ninguna de sus obras fue la posibilidad de que la cosmología bíblica de hecho estuviera equivocada. Hasta donde yo sé, pasaron alrededor de mil años antes de que un teólogo cristiano se atreviera a decir algo así. Con esto, me estoy refiriendo a Juan Calvino y a su comentario sobre Génesis.

 

En la época de Calvino, la ciencia estaba un poco más avanzada que en la época de Agustín y, como resultado, la afirmación de la Biblia de que había “aguas que [se] quedaron arriba de la bóveda” le planteaba a Calvino un problema bastante serio a la hora de interpretarlo. La dificultad se exacerbó aún más porque la tradición interpretativa de Calvino tendía a rechazar las alegorías. Al mismo tiempo, si las Escrituras se interpretaran como si fueran una descripción literal del cosmos, entrarían en un conflicto directo con la ciencia.

¿Se puso Calvino del lado de una lectura literal de las Escrituras o del lado de hechos científicos bien evidenciados? A continuación, usted mismo puede leer el comentario que Calvino hizo sobre las “aguas que [se] quedaron arriba de la bóveda”:

Porque, en mi opinión, este es un principio verdadero: que aquí no se trata nada más que de la forma visible del mundo. El que quiera aprender astronomía, y otras artes recónditas, debe ir a hacerlo a otra parte… Las cosas, por lo tanto, que él relata (es decir, Moisés), sirven de adorno para el teatro que Dios ha puesto ante nuestros ojos. De donde concluyo, que las aguas que se nos presentan aquí son aguas que solo los groseros y los que no han aprendido pueden llegar a percibir. La afirmación de algunos, de que aceptan por fe lo que han leído sobre las aguas que están por encima de los cielos, a pesar de su ignorancia al respecto, no concuerda con el diseño de Moisés. Y realmente una investigación más larga sobre un asunto de estas características sería algo superfluo [el énfasis es mío].4

Por consiguiente, una persona no debería, de acuerdo con Calvino, creer “por fe” que hay agua por encima del firmamento cuando se sabe bien que eso no es así. Según la opinión de Calvino, Génesis simplemente se acomodó a la visión humana antigua (y errónea) de que tales aguas de hecho existían.

Calvino argumentó de manera similar que la acomodación también se utilizó durante el sistema cronológico que se acabó usando para enumerar los diversos días de la creación que aparecen en Génesis 1. Debido a que el texto refleja una clara aceptación de la visión antigua del tiempo, dice Calvino, “es inútil discutir el hecho de si este es o no es el mejor orden o el orden más legítimo para describirlos.”6 En otras palabras, la acomodación era para Calvino lo que la alegoría era para Agustín… una herramienta interpretativa útil que causaba que los aparentes “errores” científicos que se encuentran en la Biblia terminaran siendo completamente irrelevantes. Dios no se equivoca en las Escrituras … sino que las Escrituras simplemente reflejan los puntos de vista imperfectos de la audiencia bíblica de su época.

La perspectiva de Calvino era similar a la de Agustín en numerosos aspectos. Principalmente, podemos observar que Calvino se tomaba la ciencia muy en serio, y reconoció que era posible que se llegara al punto en el que la evidencia científica se volviera tan clara para aquellos que eran expertos en las ciencias que ya no les fuera posible aceptar lo que las Escrituras “tuvieran que decir” sobre esos mismos temas. De hecho, Calvino estaba tan comprometido con esta perspectiva que estuvo dispuesto, en este caso en particular, incluso a admitir que la cosmología bíblica se había equivocado.

En segundo lugar, tal y como lo había hecho Agustín, Calvino recurrió a los géneros literarios bíblicos para buscarle una solución al problema de los aparentes errores que se encuentran en las Escrituras. Sin embargo, a diferencia de Agustín, quien usó la alegoría para corregir las Escrituras, Calvino usó la acomodación para absolver a Dios de cualquier error que se pudiera encontrar en las Escrituras. Las Escrituras parecen equivocarse, dijo Calvino, pero esos errores no son los errores de Dios … sino que fueron los errores de la audiencia antigua, los cuales fueron perpetuados en el texto bíblico porque la Biblia no es un libro de ciencias. En palabras textuales del propio Calvino, “el que quiera aprender astronomía, y otras artes recónditas, debe ir a hacerlo a otra parte…

Si Calvino tenía razón con respecto a este tema, entonces deberíamos evitar por todos los medios el hecho de poner en práctica un tipo de hábito interpretativo que asuma que, en nuestra búsqueda del conocimiento científico, la Biblia siempre estará por encima de las herramientas y las tradiciones de la academia moderna. Trataré este tema de nuevo más adelante durante este artículo.

Definitivamente, yo diría que Agustín y Calvino manejaron los aparentes conflictos que existen entre las Escrituras y la ciencia con un temperamento bastante diferente del que uno se puede encontrar comúnmente entre los creacionistas que se oponen a la teoría de la evolución en la actualidad.

Por un lado, Agustín y Calvino tendieron a tomarse la evidencia científica muy en serio, y le dieron mucha más importancia de la que muchos evangélicos estarían dispuestos a darle en la actualidad. Por otro lado, también estuvieron mucho más dispuestos a reajustar sus interpretaciones bíblicas para así darle cabida a la evidencia científica en sus interpretaciones generales del mundo que Dios mismo había creado. Calvino incluso admitió que la cosmología del Génesis estaba equivocada.

En este punto, me gustaría explorar muy brevemente la razón por la que esta manera antigua de sopesar la evidencia científica era tan diferente de lo que se observa en la actualidad entre los evangélicos modernos.

Primero, con respecto a la evidencia científica, tanto Agustín como Calvino consideraron el cosmos como una fuente esencial de información que nos ayuda a entender mucho mejor la revelación que Dios ha compartido con nosotros sobre sí mismo. Tal y como dice el Salmo 19, entendían que “los cielos proclaman la gloria de Dios; sin palabras, sin sonidos, sin que se escuche una sola voz, su mensaje recorre toda la tierra…” Cuando el cosmos se entiende de esta manera, como si se tratara de un discurso divino que se está compartiendo constantemente con la humanidad, entonces ya no sería posible caracterizar los debates cristianos acerca de la ciencia como si simplemente nos estuvieran planteando un conflicto entre la “palabra infalible de Dios en las Escrituras” y la “ciencia humana falible”. En cambio, cualquier conflicto que pudiera existir entre las Escrituras y la ciencia debería entenderse más bien como un aparente conflicto entre “las interpretaciones humanas de la palabra de Dios en las Escrituras” y las “interpretaciones humanas de la palabra de Dios que provienen de la naturaleza misma”.

Al considerar esta situación de esta manera, dentro de cualquier conflicto aparente entre las Escrituras y la ciencia, podrían estar ocurriendo dos cosas: o que hayamos malinterpretado la evidencia bíblica, o que hayamos malinterpretado la evidencia científica… De hecho, se podría incluso defender el argumento teológico de que es mucho más probable llegar a malinterpretar la Biblia, como por ejemplo una cuestión acerca de la revelación especial de Dios, que llegar a malinterpretar la revelación general que está disponible en la creación misma.

En segundo lugar, con respecto a las Escrituras, aunque Agustín y Calvino confiaban profundamente tanto en la Biblia como en el testimonio de Cristo y el mensaje del Evangelio, no sintieron la necesidad de creer que las Escrituras también nos deberían proporcionar conocimientos científicos confiables sobre todos los aspectos de la experiencia humana. En particular, ambos teólogos afirmaron que la Biblia no era un libro de ciencias. Esa es, de hecho, la razón por la que Agustín se sentía tan cómodo a la hora de admitir que los textos bíblicos que eran difíciles de reconciliar con la ciencia eran en realidad alegorías, y esa es la razón por la que Calvino pudo decir, con bastante indiferencia, que no deberíamos depender de las Escrituras cuando se trata de entender la estructura del cosmos. 

Su actitud hacia las Escrituras era muy diferente de la actitud que prevalece en la actualidad dentro de la cultura cristiana pop, en la que se ha llegado a asumir, de manera muy casual todo sea dicho, que la Biblia es una guía infalible para todo… no solo para llevarnos hacia Cristo y ayudarnos a vivir una vida más justa y honesta, sino también para explicar hechos académicos sobre astronomía, biología, química, economía, psicología y sociología, y también para entender verdades sobre cómo tener éxito en el matrimonio, la crianza de los hijos, la salud y las finanzas personales.

En consecuencia, pienso que, en la actualidad, deberíamos seguir el ejemplo de Agustín y Calvino. En términos generales, Dios no nos ha revelado en las Escrituras cosas que los seres humanos podemos descubrir por nosotros mismos. Las personas que leyeron el Génesis en la antigüedad no tenían los medios para entender hechos básicos acerca de la electricidad, el magnetismo, la gravedad, la física cuántica y la genética, por muy interesantes que fueran. De hecho, es importante enfatizar el hecho de que fue Dios quien nos creó y nos dio la capacidad y los dones intelectuales necesarios para comprender el cosmos, un cosmos que también forma parte de su propia creación. Además, lo que hemos descubierto hasta ahora nos revela un cosmos que es verdaderamente asombroso y que, en todo caso, enfatiza aún más el poder y la gloria del Dios que lo ha creado todo. ¡Y esta fue, nos dice la Biblia, precisamente la razón por la que el cosmos — el “libro de la naturaleza” – fue diseñado!

Por lo tanto, ahora debemos preguntarnos: ¿es la evolución biológica una de las verdades científicas que podemos descubrir por nosotros mismos? Y si lo es, ¿es posible que el proceso evolutivo, en lugar de alejarnos de Dios, pueda ayudarnos a entender aún más la obra creativa del Dios todopoderoso? Esta es la cuestión que comenzaremos a abordar a continuación.

Los debates teológicos en torno a la revolución copernicana son fascinantes para cualquiera que esté interesado en el eterno conflicto que parece existir entre la fe y la ciencia. Cuando Copérnico (1473-1543) propuso su teoría heliocéntrica en el siglo XVI, tuvo que enfrentarse tanto a la Iglesia Católica como a los reformadores.

Por ejemplo, las respuestas de Lutero y Melanchthon vienen al caso. Lutero (1483-1546) dijo que Copérnico era un “astrólogo presuntuoso” y un “tonto [que] desea revertir toda la ciencia de la astronomía; pero sabemos que las Sagradas Escrituras nos dicen que Josué le ordenó al sol que se detuviera, no a la tierra”.7

El asociado de Lutero, Melanchthon (1497-1560), lo crítico de esta manera:

Los ojos son testigos de que los cielos giran en el espacio cada veinticuatro horas. Pero ciertos hombres, ya sea por el solo hecho de querer ser novedosos, o para hacer una demostración de ingenio, han llegado a la conclusión de que la Tierra está en continuo movimiento… Ahora bien, la proclamación pública de opiniones absurdas es algo indecente y no es un buen ejemplo para nadie. Aquellos que están es sus cabales aceptan la verdad que Dios nos ha revelado y están de acuerdo con ella.8

Melanchthon creía que los gobiernos que estuvieran bien estructurados y tuvieran el más mínimo conocimiento deberían “reprimir” los puntos de vista de Copérnico porque “la proclamación pública de opiniones absurdas es algo indecente y no es un buen ejemplo para nadie”.9 Para respaldar este tipo opinión, Melanchthon quizás se apoyó en textos bíblicos como Eclesiastés 1:4-5: “el sol sale, el sol se pone, y vuelve presuroso al lugar de donde se levanta”. En este caso, Lutero y Melanchthon meramente representan las tendencias históricas generales del siglo XVI, durante el que los clérigos se dedicaron a buscar febrilmente en la Biblia línea por línea nuevos pasajes que confirmaran la visión tradicional ptolemaica.

Es fácil darse cuenta de la razón por la que la Iglesia católica y los reformadores adoptaron esta beligerante posición contra los copernicanos. Primero, la visión ptolemaica del cosmos había sido una parte fundamental de las antiguas tradiciones de la Iglesia. En segundo lugar, la visión ptolemaica se ajustaba con bastante precisión a la experiencia personal diaria de todo el mundo: “el sol es el que se mueve y nosotros no”. Y tercero, tal y como lo acabamos de ver, las Escrituras parecían apoyar una visión geocéntrica del cosmos. Por lo tanto, la tradición, el sentido común y la voz de las Escrituras se unieron para construir y establecer una comprensión coherente del mundo, una que provocó que el punto de vista copernicano fuera considerado como una mera opinión insensata, incluso herética.

En última instancia, sin embargo, el punto de vista copernicano acabó triunfando. La razón, por supuesto, fue que la evidencia científica finalmente se fusionó en un consenso contra el cual la tradición, las Escrituras y el sentido común ya no pudieron prevalecer. Una vez que se llegaron a entender los argumentos de Copérnico, de repente fue muy fácil “experimentar” esta nueva percepción cosmológica del cosmos con solo mirarlo.

La situación de Copérnico (junto con la situación de Galileo, la cual fue una situación bastante similar) acabó siendo una vergüenza para la Iglesia y creó una especie de brecha entre la fe y la ciencia que, desde entonces, aún no se ha reparado totalmente. Como resultado, independientemente de nuestra tradición cristiana, todos los cristianos creen que debemos trabajar juntos para evitar cometer este tipo de errores de nuevo, y así poder reparar la ruptura que existe entre la fe y la ciencia.

Nuestro problema científico actual es la evolución, pero la situación es algo diferente a la de los días de Copérnico debido a una razón muy importante: la evidencia de la evolución no se puede “ver” fácilmente. En cambio, los evolucionistas afirman que todo el mundo tiene la capacidad de observar lo convincente que es la evidencia que existe para la evolución si solo se familiarizaran con los detalles de la evidencia que la confirma (los fósiles, la distribución y variedad de las especies vivientes, la bioquímica, los problemas ecológicos, la evidencia genética, etc.).

 

Debido a que la mayoría de nosotros nunca podremos “observar” esta evidencia por nosotros mismos, nos vemos obligados a decidir a quien creer. Por un lado, tenemos prácticamente a todos los científicos, y también a muchos cristianos confesores —incluidos muchos cristianos evangélicos— que dan fe de la contundencia de la evolución a la hora de explicar la evidencia que hemos recopilado hasta el momento. Por otro lado, tenemos el testimonio de la ciencia fundamentalista, que representa una minoría muy pequeña dentro de la comunidad científica. 

Con esto en mente, ¿cómo deberíamos sopesar con prudencia las diferentes opciones que se nos presentan? ¿Deberíamos llegar a la conclusión de que los evolucionistas cristianos han puesto en peligro a la fe cristiana, y los fundamentalistas deberían ser celebrados como héroes proféticos de la fe? ¿O, más bien, deberíamos interpretar la situación como un caso similar al de Copérnico…en cuyo caso, los evolucionistas cristianos serían nuestros héroes académicos y los fundamentalistas deberían entenderse como proteccionistas tribales y desinformados?

En mi opinión, hay tres razones para ponerse del lado del punto de vista progresista. 

Primero, los argumentos generales que apoyan la veracidad de la evolución son lo suficientemente claros y han sido confirmados sin descanso por una abrumadora mayoría de científicos capacitados. Aunque no soy un experto en ciencia, sí tengo la capacidad de distinguir un buen argumento de uno que no lo es. Los científicos fundamentalistas afirman sin cesar que la ciencia moderna está equivocada y es falsa, aunque yo considero que esta afirmación es más retórica que otra cosa. La evidencia que hemos recopilado hasta ahora es lo suficientemente satisfactoria como para garantizarnos la conclusión de que el cosmos es muy viejo y que la vida en nuestro planeta se originó a través de un proceso evolutivo largo y complejo.

En segundo lugar, este tipo de fundamentalismo, aunque esto sea difícil de creer, tiene cierta complicidad con el naturalismo ateo. Aunque tanto las Escrituras como la tradición afirman claramente que el orden creado es en sí mismo evidencia de la existencia de Dios, el fundamentalismo acepta la premisa atea de que si la evolución fuera cierta (si una explicación tan naturalista fuera cierta) eso rechazaría completamente la existencia de Dios. El fundamentalismo ha aceptado, casi sin saberlo, la idea de que, si encontráramos una explicación natural de cómo surgió la vida en la Tierra que no involucrara ningún acto divino, eso demostraría claramente que Dios no existe, y nuestro sujeto de estudio, el cosmos, debería considerarse automáticamente el resultado de un proceso natural sin dirección alguna. Sin embargo, si la naturaleza es realmente la creación de Dios, entonces no hay razón alguna para negar el hecho de que la naturaleza misma pudiera tener la capacidad creativa de originar la vida por sí misma. De hecho, la evolución evidencia tanto la existencia de Dios como su increíble creatividad.

En tercer lugar, la manera en que este tipo de fundamentalismo se opone a la teoría de la evolución es en gran parte el resultado de haber desarrollado una perspectiva errónea acerca de la Biblia. Esta perspectiva considera que los primeros capítulos del Génesis nos presentan información esencialmente científica, en el sentido de que tienen que ser compatibles con lo que aprendemos a través de la ciencia moderna. Ya he señalado que algunas de las mejores mentes de la antigüedad cristiana, tales como Agustín y Calvino, se dieron cuenta rápidamente de lo precario que podría llegar a ser el hecho de aceptar este punto de vista acerca de las Escrituras. Muchos cristianos modernos han llegado a la misma conclusión: si Génesis no es un libro de ciencias, ¿entonces qué es? Durante la siguiente sección, me gustaría mirar más de cerca el género literario del Génesis… el tipo de texto que es.

Si los primeros capítulos del Génesis fueron escritos con el fin de comunicarnos datos científicos precisos, entonces, lamentablemente, a nivel científico, están equivocados. Por lo tanto, tenemos ante nosotros dos opciones interpretativas básicas, cada una de las cuales ya ha sido representada por Agustín y Calvino en sus obras escritas. Por un lado, tenemos la estrategia que Agustín utilizaba: Agustín nos dice que Génesis es más teológico y alegórico que científico, por lo que, si en algún momento nos parece que Génesis pudiera estar cometiendo un error científico, eso significa que estamos malinterpretando lo que hemos leído o estamos asumiendo que el libro del Génesis es (o debería ser) también un libro de ciencias. En otras palabras, la “solución” de Agustín para resolver el conflicto que existe entre las Escrituras y la ciencia es bastante genérica: una vez que entendemos que el género literario del Génesis es ante todo acientífico e impreciso a nivel científico, evitaremos el hecho de tener que decir cosas como que Génesis podría estar cometiendo un error. Por otro lado, también tenemos la estrategia de Calvino, que era la de negar que Génesis era un libro de ciencias y, precisamente por eso, podemos llegar a la conclusión de que, aunque Génesis nos pudiera estar describiendo perspectivas antiguas e incluso erróneas del cosmos, eso sería algo irrelevante para nosotros en la actualidad.

Entre los evangélicos que desean aceptar (o al menos están abiertos a aceptar) la teoría de la evolución, muchos se han puesto del lado de Agustín. Por lo tanto, se ha llegado a la conclusión de que el relato de la creación del Génesis no se debe considerar como ciencia, sino que más bien forma parte de la misma categoría literaria en la que hemos colocado otras historias antiguas de la creación, como las de Egipto y Mesopotamia, las cuales se consideran normalmente como mitos. El término “mito” es bastante controvertido y no siempre se define con el cuidado que se merece. La idea principal que se asume es que los mitos son escritos teológicos, simbólicos y creativos, y no están diseñados para responder a preguntas técnicas acerca de la estructura del cosmos y los orígenes de la vida. En otras palabras, estos textos fueron escritos por personas en la antigüedad que no tenían acceso al tipo de información que en realidad habrían necesitado para responder incluso a las preguntas científicas más básicas. Un cristiano evangélico que personifica este tipo de perspectiva es Greg Beale, quien defiende la idea de que Génesis 1 no puede ser criticado debido a su imprecisión científica, ya que fue escrito en un género que usaba imágenes del “Templo Cósmico” (es decir, un tipo de mito) para representar el orden creado.10

Esta perspectiva tiene el potencial de estar mucho más cerca de la verdad que el intento fundamentalista de convertir el Génesis en un libro de ciencias; sin embargo, no me llega a convencer del todo. La principal dificultad que observo con este tipo de enfoque es que, en ciertos aspectos importantes, Génesis sí que parece haber sido un trabajo realizado por académicos de la antigüedad, uno que realmente estaba al corriente de algún tipo de conocimiento científico…aunque un conocimiento científico antiguo en lugar de uno moderno. La distinción moderna que existe entre “mito” y “ciencia”, o “mito” e “historia”, simplemente no existía en la antigüedad, o al menos no de la misma manera que existe en la actualidad. Los egipcios usaban la misma palabra (gnwt) para referirse a lo que consideraríamos hoy como “mitos” o “historias”, y en Mesopotamia se puede observar la manera en que los escribas consultaban mitos como el de Enûma Elish para crear cosmologías científicas;11 y es precisamente en estas obras cosmológicas, y no meramente en los mitos, donde se puede discernir la creencia de que había “aguas que se quedaron por encima de los cielos”, tal y como también se describe en el libro del Génesis. En otras palabras, aunque los antiguos escribas no pensaban necesariamente que el mito y la cosmología académica fueran precisamente el mismo género, sí creían que los dos géneros estaban estrechamente relacionados entre sí.

Dados los paralelismos que existen entre la cosmología del Génesis y la cosmología antigua, ¿no sería mejor considerar el Génesis como un libro de teología antigua escrito por académicos? Creo que la respuesta debería ser que sí, porque si miramos en otras partes de los primeros capítulos del Génesis y los comparamos con otros textos antiguos, a cada instante se pueden ver claramente elementos que pertenecen a géneros académicos antiguos.

La historia del diluvio, por ejemplo, es una de las características principales que normalmente se encuentran en casi todas las historias antiguas. Algo que también era muy normal en el mundo académico antiguo era el hecho de usar genealogías y ancestros epónimos para explicar los orígenes de las diferentes naciones y grupos étnicos, el uso de números que tenían un significado importante en lo que a matemáticas y astronomía se refiere, y la creencia de que los dioses eran los responsables de que las personas hablaran tantos idiomas.

Por lo tanto, Génesis que refleja tanto los puntos de vista del mundo académico antiguo como los del conocimiento científico de su época. Al mismo tiempo, también es cierto que hay partes durante el transcurso de Génesis 1-11 que parecen ser obras creativas de teología más que de ciencia o de historia “pura” (tal y como lo diríamos en la actualidad). El autor/los autores utilizaron una historia de creación para proyectar un patrón semanal sabático en el orden de la vida humana durante Génesis 1. En los dos capítulos siguientes (Génesis 2-3) se combinaron varios motivos míticos, que también se pueden encontrar en otras historias del Cercano Oriente como el Poema de Gilgamesh y la leyenda de Adapa, para desarrollar una segunda historia de la creación y la historia de la caída de la humanidad. De hecho, el mismo patrón de “creación, crecimiento de la población, diluvio” parece seguir el modelo de la Epopeya de Atrahasis. En consecuencia, hablando genéricamente, Génesis es algo más que un “mito o ciencia”: es una obra académica antigua que tiene un propósito claro, la cual combina géneros que en la actualidad podríamos considerar como el mito, la leyenda, la historia y la ciencia en una composición que se fundamenta claramente debido a su orientación teológica.

Si a las ideas de Agustín les añadimos las de Calvino, entonces creo que tenemos ante nosotros algunos de los recursos teológicos más importantes para finalmente comprender el libro del Génesis. Por un lado, Agustín tenía razón: hay elementos teológicos y simbólicos en el Génesis que no debemos confundir con la ciencia o la historia. Por otro lado, Calvino también tenía razón: hay elementos en Génesis que realmente reflejan una visión antigua y científicamente imprecisa del cosmos.

Ya tenemos un veredicto. De una forma u otra, no es una buena idea usar el libro del Génesis como una guía que nos pudiera ayudar a fundamentar nuestras ideas científicas modernas, ni tampoco se debería tener la esperanza de que incluso debiera formar parte de la conversación científica (aunque eso no quiere decir que no pudiera hacerlo de otras maneras). Más bien, nuestra ciencia debe deducirse principalmente mediante el estudio cuidadoso del mundo de Dios y recopilando evidencia como si de la “palabra” de Dios se tratara, una evidencia que nos permitirá vislumbrar tanto la majestuosidad como la creatividad de Dios. Admito abiertamente que esta “conclusión” no responde a algunas cuestiones teológicas importantes, como, por ejemplo, el hecho de que la muerte entrara en el cosmos antes de que existieran los seres humanos, o la importante cuestión que trata sobre cómo el “Adán” del Génesis, y lo más importante el de Romanos, deberían entenderse a la luz de la ortodoxia teológica y el proceso evolutivo. Sin embargo, esas son preguntas que deberemos considerar en otro momento.

Un día, llegué a conocer a Frederick Turner durante una conferencia que se organizó con el objetivo de indagar sobre las estrategias políticas de Octavio durante el Imperio Romano. Una de las cosas que más me impresionó de Fred fue especialmente la amplitud y la perspicacia de sus contribuciones, y fue entonces cuando me propuse pasar un rato con él, para saber más sobre su vida personal y profesional. Pronto me enteré de que Fred era el hijo de Victor Turner, un erudito muy famoso (ahora fallecido) cuyo nombre seguramente sea muy familiar para cualquier persona que haya estudiado o leído mucho sobre antropología y estudios rituales. También me enteré de que el propio Fred era un poeta épico… sí, ha oído bien… un poeta épico. Actualmente ocupa una cátedra de humanidades en la Universidad de Texas en Dallas.

Sabiendo algo más sobre sus antecedentes familiares y habiendo deducido de la conversación que estaba profundamente comprometido con la teoría de la evolución, me sorprendió un poco descubrir que Fred era un cristiano confeso. Asombrosamente inteligente y siempre ingenioso, fue especialmente emocionante escuchar la historia de su conversión a la fe; y, como puede adivinar, no fue la típica historia de conversión habitual. En cambio, Fred se hizo cristiano debido a… ¡la evolución!

Fred se dio cuenta una y otra vez, debido a su experiencia personal con la naturaleza, el cosmos y los seres humanos, que el orden natural en su conjunto parece ser un milagro impresionante. De hecho, para él no había nada, en ninguna parte, que no fuera asombroso, fascinante e interesante. Si bien esta experiencia preparó el camino para su conversión, el golpe de gracia llegó cuando Fred comenzó a estudiar biología evolutiva en Oxford. La complejidad y la belleza del proceso evolutivo simplemente abrumaron enormemente tanto su mente como sus sentidos. Así que al final, después de considerar todo esto, llegó a la conclusión de que la complejidad del cosmos no podía ser el resultado de un proceso aleatorio y sin dirección. Todo lo contrario: el cosmos era la obra directa de Dios.

Fred no es un evangélico, sino un católico serio y confeso que llegó a la fe después de recibir la “palabra” de la creación como el testimonio que finalmente acabó dirigiendo su corazón hacia Dios. Bíblicamente hablando, esto es precisamente lo que se debería esperar, ya que el milagro de la naturaleza es evidencia convincente de que Dios existe.