Galileo y el jardín del Edén: el principio de acomodación y el libro del Génesis
Inspirado por Agustín, Galileo advirtió a los cristianos que no leyeran la Biblia como un libro de ciencia, ya que emplea un lenguaje popular para comunicarse con sus audiencias, una noción conocida como "acomodación".

Al final de mi último artículo, dije que estaba a punto de hablarles sobre el libro más importante que jamás se haya escrito sobre ciencia y fe, en este caso la Biblia. ¿Puede adivinar de qué libro se trata? No es otro que la Carta que Galileo le escribió a la Gran Duquesa Cristina, la cual trata el tema de la citación bíblica dentro del contexto de la ciencia, una carta que fue escrita en 1615 por el gran matemático Galileo Galilei (1564-1642).
“Espere un momento”, podría estar pensando: “¿no es Galileo el tipo que se metió en problemas por haber intentado demostrar que la Tierra giraba alrededor del sol? ¿No solucionamos ese problema hace ya mucho tiempo? ¿Por qué deberíamos considerar esta carta como un documento histórico de relevancia?” De hecho, ¿qué posible relevancia, e incluso importancia, podría tener esa carta para nosotros en la actualidad?”
Por cierto, todavía hay algunas personas que no han aceptado el hecho de que la Tierra está en continuo movimiento; quizás tengamos que detenernos un poco más para hablar sobre eso en algún momento, pero sigamos adelante por ahora. Por si acaso, aquí tiene dos sitios web donde puede indagar un poco más sobre este tema si así lo desea: http://galileowaswrong.blogspot.com/ y http://www.geocentricity.com/. Para muchos de nosotros, este tema se considera como un caso resuelto. De hecho, párese a pensar lo siguiente: ¿cuándo fue la última vez que escuchó un sermón o leyó un artículo que hablara en contra de Copérnico? Esta es la razón por la que el movimiento de la Tierra es un tema que no nos concierne hoy día y, por eso, podemos evaluar lo que Galileo dijo en su carta desde una perspectiva mucho más saludable, principalmente porque podemos aproximarnos a ella con una total imparcialidad. De este modo, podemos reutilizar todo aquello que nos pudiera ser de utilidad y aplicárselo a otros temas que sí podrían estar preocupándonos en la actualidad, tal y como lo es el tema de los orígenes. Nos gusten o no sus respuestas, Galileo formuló muchas preguntas importantes sobre la Biblia y la ciencia:
- ¿Cuál es el propósito principal de la Biblia?
- ¿A quién se dirige la Biblia?
- ¿De qué manera se comunica un Creador infinito con criaturas finitas?
- ¿Es la Biblia un libro de ciencia? En otras palabras, ¿podemos aprender hechos científicos y/o teorías científicas utilizando las Escrituras?
- ¿Qué diferencia hay entre la inspiración y la interpretación?
- ¿Cómo puede ayudarnos la ciencia a interpretar la Biblia (si es que puede ayudarnos de alguna manera)?
- ¿Cómo se relacionan la ciencia y la teología entre sí?
Preguntas como estas siguen siendo muy importantes para todos nosotros en la actualidad. Del mismo modo que Maquiavelo todavía tiene mucho que decir acerca de temas como la política y la naturaleza humana, Galileo aún tiene mucho que decir sobre la relación que existe entre la ciencia y la Biblia. Por lo tanto, la primera “tarea” de nuestro “curso” es leer la Carta que Galileo le escribió a la Duquesa Cristina a la luz de las preguntas que compartiré a continuación.
El filósofo chileno Umberto Gianini tradujo esta carta al español, y usted mismo puede leerla en Internet, aunque algunos lectores pueden optar por ojear solo algunas secciones específicas de la carta. En realidad, sí que vale la pena leerla en su totalidad. Estas son las preguntas que guiarán nuestro diálogo:
- ¿Qué cree Galileo en general con respecto al lenguaje de las Escrituras? ¿Qué cree específicamente sobre el uso de la Biblia cuando se trata de asuntos científicos? ¿Qué principio(s) de interpretación respalda y por qué?
- ¿Qué cree Galileo sobre la naturaleza, el alcance y la relativa certeza o ambigüedad del conocimiento científico? ¿Cómo podría esto delimitar a la ciencia?
- ¿Qué cree Galileo sobre la naturaleza, el alcance y la relativa certeza o ambigüedad del conocimiento teológico? ¿Cómo podría esto delimitar la teología?
- Galileo emplea al menos tres modelos metafóricos diferentes para describir la relación que existe entre la ciencia y la fe: primero tenemos el modelo de “los dos libros” o “el modelo armonioso” (que defiende que la teología y la ciencia están de acuerdo), el modelo de “separación” (que defiende que la teología y la ciencia tratan de cosas diferentes), y el modelo de “servidumbre” (que defiende que la teología es la “reina” y la ciencia su “servidora”). ¿Qué piensa Galileo mismo sobre estos tres modelos?
- ¿Cómo le respondería usted a Galileo? ¿Qué le gusta de su manera de pensar (y por qué)? ¿Qué dudas le quedan después de haber leído su carta?
Finalmente, me gustaría nombrar algunos detalles sobre el contexto histórico dentro del que se escribió esta carta. Nicolás Copérnico, un funcionario menor de la Iglesia Católica que vivió en lo que hoy día conocemos como Polonia, publicó su famoso libro sobre el sistema solar, Sobre las revoluciones de las esferas celestes, en el año 1543. Fue un libro altamente matemático que muchos lectores casuales no podrían haber entendido, y la conclusión a la que Copérnico llegó en ese libro era que la Tierra gira alrededor del sol a miles de kilómetros por hora mientras que la Tierra continúa girando sobre su propio eje, algo que se oponía claramente a lo que todas las personas experimentaban en su vida diaria. Si realmente nos movemos tan rápido, ¿por qué no sentimos nada? ¿Por qué no salimos volando de la Tierra, tal y como el barro sale volando de una rueda cuando la rueda misma está girando? ¿Por qué no se quedan atrás las nubes y los pájaros debido al rápido movimiento de la superficie terrestre? En consecuencia, la mayoría de los lectores se dieron cuenta de que no era posible tomarse en serio las ideas radicales de Copérnico, y mucho menos aceptarlas como si fueran ciertas.
Además, los lectores también plantearon algunas objeciones teológicas con el objetivo de minar las conclusiones de Copérnico. De hecho, la Biblia parece ofrecernos algunos detalles sobre el movimiento del sol y la inmovilidad de la Tierra (por ejemplo, lea Josué 10:12-14, Salmo 19:4-6, Salmo 93:1, Salmo 104:5, Isaías 38:8 o Eclesiastés 1:5). Cuando se interpretaban textos como estos, la mayoría de los teólogos protestantes y católicos asumieron con bastante naturalidad que las Escrituras estaban dando testimonio de un hecho claro y obvio (tal y como se consideraba en ese momento): que el sol giraba alrededor de la Tierra, y no al revés.
Varias décadas después de la publicación del libro de Copérnico, mucha gente seguía sin creer que la Tierra se estuviera moviendo alrededor del sol. De hecho, los historiadores solo han podido identificar a solo una docena de personas que lo hicieran antes del año 1610, momento en el que Galileo publicó el primer tratado científico que se basaba en observaciones hechas través de un telescopio. Algunas de las cosas que Galileo observó en el espacio con su nuevo instrumento —las fases de Venus, las lunas de Júpiter, manchas en el sol y montañas en la luna— fueron difíciles o incluso imposibles de reconciliar con la imagen científica del universo que se asimiló casi de manera universal ya desde la época de Aristóteles, quien vivió en el siglo IV antes de Cristo.
Aunque Galileo no dijo nada que se relacionara con la teología, pronto fue atacado por ciertos sacerdotes conservadores que consideraban que sus puntos de vista se oponían directamente al mensaje de las Escrituras. Para defender estas nuevas ideas, Galileo escribió un documento extenso en forma de carta para posicionarse al respecto, una carta que se dirigía a Cristina de Lorena, la madre de su patrón Cosme II de Medici, el Gran Duque de Toscana. Normalmente, Galileo no habría estado interesado en este tema (la manera en que la ciencia y la Biblia se relacionan entre sí), pero sabía que la duquesa tenía sus dudas acerca de la teoría copernicana, y a ella le preocupaba que la teoría de Galileo pudiera contradecir las Escrituras. Galileo se enteró de esto a través de su amigo y exalumno, un monje benedictino llamado Benedetto Castelli, quien estaba enseñando matemáticas en la Universidad de Pisa. La duquesa había estado hablando con Castelli y otras personas sobre esto, y Galileo pensó que era hora de compartir su opinión al respecto. Primero, formuló sus pensamientos en una carta que le envió a Castelli en diciembre de 1613. Aproximadamente dieciocho meses después, le escribió una versión ampliada de la misma a la duquesa Cristina.
En la Carta que le escribió a Cristina, Galileo se basó en gran medida en ideas que provenían de los escritos de San Agustín, quien en su momento ya les advirtió a los cristianos que no se tomaran al pie de la letra las porciones de la Biblia que trataban sobre astronomía, ya que, debido al deseo del Espíritu Santo de transmitirles verdades espirituales a los fieles, quienes generalmente eran ignorantes, el Espíritu Santo empleó un tipo de lenguaje popular que no era científicamente “preciso”. A este concepto se le llama “acomodación” (si sigue ese enlace, tenga en cuenta que es casi seguro que Galileo nunca llegó a leer ninguno de los escritos de Calvino), y Galileo usó la “acomodación” para argumentar que el “copernicanismo” no era herético simplemente porque fuera en contra del aparente significado que ciertos pasajes bíblicos nos pudieran estar comunicando a primera vista. De hecho, también señaló que el heliocentrismo había sido propuesto por alguien que era católico (Copérnico), quien había logrado publicar sus puntos de vista científicos gracias al apoyo de importantes funcionarios de la Iglesia.
Por cierto, la descripción que Galileo hace de Copérnico diciendo que era un “sacerdote” es errónea. Aunque Copérnico estaba a cargo de un altar en la catedral de Frombork, donde su tío era el obispo, Copérnico nunca llegó a ser ordenado sacerdote oficialmente; de hecho, este es un mito persistente del que no hay evidencia alguna. Uno de los grandes expertos sobre la vida de Copérnico, el difunto Edward Rosen, investigó esto al detalle hace ya muchos años. Si realmente desea conocer más detalles al respecto, puede obtener más información haciendo clic en este enlace.
Por lo tanto, nuestro objetivo aquí es hablar de tres cosas distintas. Primero, examinaremos lo que un destacado teólogo católico llegó a decir sobre el movimiento de la Tierra y la Biblia casi al mismo tiempo que Galileo estaba escribiendo su carta. Después, examinaremos la actitud de uno de los oponentes modernos de Galileo, para así poder ver la razón por la que este crítico se oponía a la perspectiva que Galileo tenía sobre la Biblia. Finalmente, consideraremos brevemente la manera en que los creacionistas mantienen a Galileo fuera del jardín del Edén en la actualidad, y también consideraremos la manera en que los creacionistas hacen una distinción entre el uso que Galileo hace del concepto de la acomodación para los pasajes bíblicos que tratan sobre astronomía (sobre los que generalmente están de acuerdo con Galileo) pero al mismo tiempo se niegan a adoptar una actitud similar cuando se trata de los primeros capítulos del Génesis (para los que sí se oponen a la hora de aplicar la estrategia de Galileo).

A principios de 1615, unos meses antes de que Galileo terminara su “Carta para Cristina”, el fraile carmelita Paolo Foscarini publicó una carta propia acerca del sistema copernicano, cuyo título (traducido al español) es “Carta sobre la Opinión de los Pitagóricos y Copérnico en cuanto a la Movilidad de la Tierra y la Estabilidad del Sol, y sobre el Nuevo Sistema Pitagórico del Mundo”. Foscarini trató de reconciliar la Biblia y la astronomía copernicana, lo mismo que Galileo trató de hacer en su carta. Foscarini le envió una copia de su carta a un teólogo católico, el cardenal Roberto Belarmino, un intelectual que se había ganado la reputación de ser un erudito defensor de la Iglesia católica, quien también se enfrentó a varios movimientos protestantes que surgieron en su época. Belarmino les respondió tanto a Foscarini como a la carta que Galileo le había enviado a Castelli, a través de una carta propia que escribió el 12 de abril de 1615.
Si lo desea, lea la carta ahora, antes de continuar leyendo el resto de este artículo.
Permítanme destacar las partes más importantes de la carta de Belarmino.
Primer párrafo: Belarmino no tiene ninguna objeción contra la hipótesis copernicana, aunque creía que debía considerarse únicamente como un modelo puramente matemático de los cielos cuya única utilidad era calcular dónde se situarán los cuerpos celestes durante ciertas noches del año. Sin embargo, la hipótesis copernicana no debía considerarse como una descripción válida de la realidad física; es decir, la Tierra no gira realmente alrededor del sol, sino que el sol gira alrededor de la Tierra. De hecho, lo que Belarmino sugirió en su carta no era algo fuera de lo común incluso para esa época, ya que esa era la actitud general que los astrónomos habían mantenido desde la antigüedad. También fue la actitud implícita que se describe en el prefacio que se escribió de forma anónima y no autorizada para el propio libro de Copérnico, Sobre las revoluciones de las esferas celestiales. Para obtener más información al respecto, consulte la sección “Ad lectorem” (“al lector”).
Segundo párrafo: Belarmino dice algo importante que solo puede entenderse en el contexto de la Reforma protestante. El Concilio de Trento, durante el que la Iglesia Católica Romana les respondió oficialmente a los protestantes, prohibió interpretar la Biblia de manera que no fuera consistente con “el acuerdo común de los santos padres”, es decir, los escritores patrísticos. En otras palabras, las interpretaciones bíblicas que hicieron los primeros teólogos de la iglesia no podían cambiarse. De este modo, estas interpretaciones eran inamovibles para la Iglesia siempre que fueran una cuestión de fe, es decir, una cuestión de importancia teológica para el cristianismo tal y como lo entendía la Iglesia romana. Este “principio” se usó contra las afirmaciones de los teólogos protestantes, quienes claramente comenzaron a hacer afirmaciones acerca de temas que sí se relacionaban con la fe. Sin embargo, en este caso, Belarmino también le aplicó este principio a la astronomía, la cual claramente no es una cuestión de fe por así decirlo. De hecho, Belarmino anticipó ese tipo de objeción en su propia carta. Su respuesta fue que todas las declaraciones de la Biblia son cuestiones de fe, porque la Biblia son las palabras escritas del Espíritu Santo. Esto refleja diferentes puntos de vista contemporáneos acerca de la inspiración de la Biblia, tal y como se puede observar (por ejemplo) en la pintura de Caravaggio, La inspiración de San Mateo (1602), a la derecha. El problema que se está tratando aquí — si Dios inspiró o no inspiró la Biblia basándonos en el hecho de que en ella aparezcan puntos de vista científicos erróneos (tal y como los juzgaríamos en la actualidad) — es un tema central dentro de la conversación general que abarca las diferentes maneras en que la ciencia y la Biblia se relacionan entre sí. ¿Qué piensa usted sobre esto?
Tercer párrafo: Belarmino admite que, si pudiéramos observar una verdadera demostración de la teoría copernicana, entonces sí que necesitaríamos reinterpretar algunos pasajes bíblicos; pero, si no se puede probar, entonces estamos obligados a considerarla como un modelo matemático hipotético en lugar de una verdadera descripción de la realidad física. En este artículo no tenemos tiempo para entrar en detalles acerca de lo que la expresión “una verdadera demostración” significa dentro del contexto de la visión aristotélica del conocimiento y sus categorías. Probablemente no sea una simplificación demasiado excesiva el hecho de decir que el punto de vista de Belarmino equivale a simplemente decir: “¿qué propósito tiene todo esto?” En los debates sobre los orígenes que se organizan en la actualidad, este tema sigue siendo de suma importancia: ¿cuándo llegamos al punto de tener suficiente evidencia como para llegar a una conclusión científica (por ejemplo, la edad de la Tierra o la ascendencia común de humanos y otros organismos) que nos garantice la necesidad de tener que reinterpretar un pasaje bíblico? Son precisamente cuestiones como esta las que causan que los creacionistas, los evolucionistas teístas y la mayoría de los defensores del Diseño Inteligente (aquellos que se oponen a la ascendencia común) acaben teniendo opiniones tan diversas sobre estos temas.
Hay algunas personas que todavía no han aceptado que la Tierra está en continuo movimiento. Por ejemplo, aquí tiene dos páginas webs que demuestran que lo que estoy diciendo es verdad: primera, y segunda. Esta última página web en inglés nos presenta de manera prominente las ideas de Gerardus Bouw, posiblemente el geocentrista moderno más influyente del mundo. De hecho, una versión reciente de sus ideas, entre las cuales se incluía “The geocentric Bible” (La Biblia geocéntrica) escrita por Gordon Bane, se envió por correo a más de 130.000 iglesias católicas y protestantes durante la última década.
La razón por la que Bouw rechaza el movimiento de la Tierra se relaciona estrechamente con el tema que estamos tratando. Para Bouw, había dos cuestiones fundamentales: la infalibilidad bíblica, la preservación (él creía que la Biblia del rey Jacobo era “la palabra inerrante de Dios en inglés”) y la autoridad bíblica, la cual incluía la autoridad bíblica dentro del campo de la ciencia también. Para entender su perspectiva, examinemos sus comentarios sobre el famoso pasaje de Josué 10:12-13.
“El día en que los amorreos fueron vencidos, Josué le habló al Señor en presencia de los israelitas, y dijo:
«Sol, detente en Gabaón;
Y tú, luna, en el valle de Ayalón.
13 Y el sol y la luna se detuvieron.
Y el pueblo se vengó de sus enemigos.»
¿Acaso esto no está escrito en el libro de Jaser? El sol se detuvo en medio del cielo, y durante casi un día entero no se apresuró a ocultarse.
Según Bouw, cuando Josué le pide a Dios que detuviera el Sol en el cielo, esas fueron sus propias palabras, no las de Dios. Por lo tanto, somos libres de pensar que Josué cometió un error astronómico a la hora de observar lo que ocurrió, ya que la Biblia simplemente nos informa de lo que dijo Josué. En el siguiente versículo, sin embargo, la Biblia nos dice lo que realmente sucedió: el sol se detuvo en medio del cielo. Dado que el autor de la Biblia es Dios mismo, y dado que Dios no puede mentir, Bouw concluye que el punto de vista geocéntrico “debe ser cierto”. Bouw rechaza explícitamente el uso de la acomodación, porque “la acomodación implica que Dios está de acuerdo con esa historia, pero realmente sabe que no es cierta”.
Bouw fue aún más lejos con este tema, ya que rechazó el uso de la acomodación que Juan Calvino propuso durante su comentario sobre Génesis e incluso llegó a criticar al propio Calvino: “si Juan Calvino estuviera vivo hoy, probablemente sería un evolucionista teísta heliocéntrico”. En última instancia, lo que Bouw defendía era su propia versión de la cosmología, la cual se basa en las ideas del astrónomo danés del siglo XVI Tycho Brahe, quien dijo que los planetas se movían alrededor del sol, el sol orbitaba alrededor de la Tierra, y la Tierra no se movía.
La manera en que los creacionistas mantienen a Galileo fuera del jardín del Edén
La mayoría de los creacionistas en la actualidad no están de acuerdo con Bouw acerca de estas cuestiones astronómicas. En su opinión, Galileo interpretó esos versículos bíblicos de manera apropiada, ya que en realidad esos versículos deberían considerarse como textos poéticos que se relacionan solo con las apariencias de las cosas y, además, no aportan nada nuevo sobre la salvación. Sin embargo, los creacionistas hacen una excepción rotunda cuando se trata de las historias de la creación que aparecen en el libro del Génesis; es evidente que parece haber un interés por mantener a Galileo fuera del jardín del Edén. ¿Cómo es esto posible?
El astrónomo creacionista Danny Faulkner, por ejemplo, hizo una distinción clara entre Galileo y Génesis: “muchos evolucionistas afirman que no creer en la evolución es similar a no creer que la Tierra gira alrededor del Sol. Sin embargo, hay un problema insuperable con ese tipo de afirmaciones: el hecho de que la Tierra gira alrededor del sol es una observación repetible, mientras que la evolución no lo es” (vea “El Geocentrismo y la Creación“). A Faulkner y a otros creacionistas les gusta enfatizar el hecho de que existe una diferencia crucial entre las “ciencias históricas” y las “ciencias experimentales”. En resumen: 1) es imposible observar directamente la historia de la Tierra y el universo 2) el Big Bang carece de repetibilidad (no se puede repetir), 3) no podemos recrear la explosión del Cámbrico 4) ni tampoco podemos “ver en vídeo” el asteroide que se chocó contra la tierra y exterminó a los dinosaurios hace 65 millones de años. De este modo, lo mejor que podemos hacer es hacer inferencias de tipo forense a partir de lo que podemos observar en la actualidad.
En realidad, este tipo de distinción tiene cierta validez. El gran erudito de Cambridge William Whewell, el paleontólogo Stephen Jay Gould, el biólogo Ernst Mayr, el geólogo-historiador Martin Rudwick, el filósofo Elliot Sober y muchos otros también hicieron una distinción similar. Sin embargo, lo que hacen los creacionistas con esta distinción va mucho más allá de lo debido. Mientras que muchos afirman la validez de las ciencias históricas (ya que se pueden probar a través de las observaciones que se hacen en el presente, incluso aunque no podamos observar el pasado directamente), los creacionistas niegan rotundamente la validez de las ciencias históricas. De este modo, uno de los creacionistas más famosos de su generación, John C. Whitcomb, Jr., hizo un comentario sobre “…las tremendas limitaciones que inhiben el método científico cuando éste se aplica al estudio de los orígenes…” (The Origin of the Solar System, 1963). Tal y como me dijo el historiador creacionista Terry Mortenson, “La Biblia es la revelación verbal proposicional de Dios, pero la creación es la revelación no verbal de Dios, la cual es más difícil de interpretar. Por lo tanto, metodológicamente, no tiene ningún sentido usar interpretaciones de personas que han sido afectadas por la caída (personas que al mismo tiempo tratan de describir la creación que Dios mismo maldijo) para reinterpretar la Palabra simple e infalible de Dios con el fin de hacer que se ajuste a las teorías falibles de hombres pecadores que tratan sobre un pasado que no se ha podido observar” (correspondencia personal que he citado con permiso en el libro que se cita al final de este artículo). Mortenson, por lo tanto, no era partidario de la perspectiva de Galileo en lo que concierne a la ciencia y la interpretación bíblica.
Conclusión
Quizás deberíamos hacernos una pregunta fundamental: ¿en qué momento llegamos al punto de tener suficientemente evidencia como para tener que reinterpretar un texto bíblico en base a lo que descubrimos a través de la ciencia? Si no aceptamos la validez de las ciencias históricas, entonces no tendremos razones científicas suficientes (aquí ignoro otro tipo de razones) como para reinterpretar los primeros capítulos del Génesis; esa es la posición que defienden los creacionistas científicos. En cambio, si aceptamos la validez general de las ciencias históricas, entonces sí que debemos hacernos preguntas complicadas acerca de la manera en que estamos interpretando el texto bíblico. En realidad, el principio de acomodación no se debe entender como un principio que viniera acompañado con un interruptor de “encendido y apagado”: o lo usamos o no lo usamos. Por lo tanto, tenemos dos opciones: o Dios se comunica con nosotros usando nuestro propio lenguaje verbal y conceptual, o en realidad no lo hace. Si lo hace, entonces deberíamos permitir que Galileo entre en el jardín del Edén.