Publicado el December 10, 2024

Creacionismo (Progresivo) de la Tierra Vieja: Historia y Creencias

Ted Davis ofrece una descripción general de cuatro principios fundamentales del concordismo, analiza las conclusiones que se derivan de estos supuestos y presenta una breve historia del concordismo.

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La palabra “concordismo” no se encuentra en el diccionario de la RAE (Real Academia Española), sin embargo, se usa a menudo en obras contemporáneas que tratan sobre el tema de los orígenes. Derivada de la palabra “concordar”, la cual hace referencia a un estado de armonía que dos o más partes alcanzan entre sí, la palabra “concordismo” se ha utilizado con algo de moderación en español durante más de un siglo. Sin embargo, su prominencia en la actualidad proviene de un libro escolástico que fue escrito poco después de la Segunda Guerra Mundial por el difunto teólogo bautista Bernard Ramm, The Christian View of Science and Scripture (1954). Tal y como lo definió Ramm, el concordismo “busca armonizar el registro geológico y los días del Génesis”. En resumen, esto es lo que se conoce como la perspectiva del “Creacionismo de la Tierra Vieja”.

Yo voy a usar ese término durante este artículo de la misma manera. Tal y como Ramm, no considero que la Evolución Teísta sea una perspectiva concordista, aunque a algunos defensores de la ET les gusta decir que la evolución se puede “armonizar” con el libro del Génesis. Al mismo tiempo, Ramm rechazó por completo la Geología del Diluvio de George McCready Price y obviamente no creía que esa perspectiva se debiera considerar como un tipo de concordismo. ¿Por qué no? A primera vista, la perspectiva de los Creacionistas de la Tierra Joven (CTJ) quizás podría formar parte del grupo de perspectivas que abarca el término “concordismo”, un término que fue acuñado por el mismo Ramm, y los autores de uno de los libros recomendados durante el primer artículo de esta serie lo clasifican como si fuera un tipo de concordismo. Sin embargo, el tipo de armonía que los defensores del CTJ intentan buscar rechaza por completo el registro geológico estándar, el cual reemplazan con la Geología del Diluvio. Sin embargo, eso no es lo que Ramm tuvo en mente cuando intentó “armonizar” la ciencia con los primeros capítulos del Génesis.

A menudo, la perspectiva concordista recibe el nombre de “creación progresiva”, otro término que Ramm usó con bastante frecuencia: “creemos que el patrón fundamental de la creación es la creación progresiva“, escribió de manera prominente en cursiva. De hecho, a veces se asume que Ramm creó ambos términos, tanto el término “concordismo” como el término “creación progresiva”, pero en realidad no fue así. En todo caso, el término “creación progresiva” es incluso más antiguo que el primero, debido a que ya se había utilizado anteriormente para referirse a una interpretación de la historia natural bajo la perspectiva del Creacionismo de la Tierra Vieja (CTV) durante aproximadamente dos siglos. El primer autor estadounidense en usarlo pudo haber sido Benjamin Silliman, un evangélico que se convirtió en el primer profesor de historia natural en Yale gracias a otro evangélico, el presidente de Yale, Timothy Dwight. Silliman fue la figura más influyente de la ciencia estadounidense durante el siglo XIX. En su Esquema del curso de conferencias geológicas dictadas en el Yale College (1829), Silliman habló sobre “la creación progresiva, la vida, la muerte y la sepultura [fosilización] de los animales y las plantas”. En otra ocasión señaló la manera en que la Biblia describe “una creación sucesiva de plantas y animales que termina con el hombre”, y que la geología “prueba que esta historia es cierta”. 

Claramente, la visión concordista o creacionista progresista ha existido desde hace mucho tiempo. Examinemos sus componentes principales.

(1) Tanto la Biblia como la ciencia (principalmente la geología y la astronomía) son fuentes confiables de conocimiento acerca del origen de la Tierra y el universo. Dios ha escrito dos “libros” para enseñarnos cosas sobre quién es, el libro de la naturaleza y el libro de las Escrituras. Dado que Dios es el autor de ambos “libros”, los dos deben estar de acuerdo cuando se interpretan correctamente.Si esto le suena como si lo hubiera dicho el mismo Galileo, en realidad no va por mal camino, ya que muchos defensores de la visión concordista tienen a Galileo muy presente cuando se trata de reflexionar sobre este tema. En el siguiente diagrama, puede estudiar el esquema básico de la perspectiva de “los dos libros”:

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Recordemos algo en lo que Galileo creía: que el libro de la naturaleza, el cual está escrito en el lenguaje divino e inequívoco de las matemáticas, debería usarse para ayudarnos a interpretar el libro de las Escrituras, el cual está escrito en un lenguaje más rico, pero más ambiguo, debido a que todas las personas del mundo deben ser capaces de entenderlo, comunicarlo y aceptarlo. Al afirmar que la evidencia defiende la realidad de una Tierra vieja, Silliman y muchos otros eruditos evangélicos creen que lo único que han hecho ha sido simplemente aplicarle la lógica de Galileo a un conjunto diferente de textos bíblicos.

(2) La evidencia científica, cuando se interpreta correctamente, es consistente con la Biblia, siempre y cuando la Biblia se interprete correctamente.

Galileo de nuevo: debido a que ambos “libros” están escritos por el mismo Autor, deben estar de acuerdo entre sí. Tal y como lo dijo durante la Carta que le escribió a la Duquesa Cristina, “todo lo que la Santa Biblia nos dice es correcto, siempre que se comprenda su verdadero significado. Sin embargo, creo que nadie puede negar el hecho de que a menudo es muy abstrusa y a veces nos comunica ideas que no son exactamente lo que las palabras en sí mismas nos instruyen a primera vista. Por lo tanto, al exponer la Biblia, si uno se limitara simplemente a transmitir el significado gramatical de las palabras, podría acabar cometiendo un error”.

¿Y qué hay de las personas que interpretan el libro de la naturaleza? ¿Podrían equivocarse alguna vez? ¿Deberían cederles alguna vez algo de terreno a aquellos que interpretan el libro de las Escrituras? La evolución no era un tema del que Galileo tuviera que preocuparse, pero los concordistas en la actualidad sí que permiten que las Escrituras tengan su propio espacio “científico” cuando se trata de la evolución, especialmente la evolución humana. Independientemente de “cuánta” evolución lleguen a aceptar en cuanto a otros organismos se refiere, los concordistas creen con firmeza tanto en la creación especial de Adán y Eva, como que ellos fueron los primeros seres humanos. Además, creen que Génesis 1 tiene la intención de aportarnos una visión histórica general desde el principio, aunque al mismo tiempo no nos proporciona información científica detallada.

Por otro lado, sí que aceptan el consenso científico que se ha alcanzado dentro de campos estudios como el de la geología y la cosmología; de hecho, Hugh Ross, y algunos otros CTV, no solo aceptan la teoría del “big bang” del universo, sino que la promueven activamente como un tema fundamental de la apologética cristiana, ya que la teoría del “big bang” describe un universo que no es eterno y que parece estar exquisitamente diseñado para que los seres vivos puedan existir, incluidos los seres humanos.

(3) La Biblia NO nos dice la edad que tiene la Tierra.

Entre todas las perspectivas que se pueden encontrar dentro del concordismo, hay principalmente dos perspectivas que se han usado frecuentemente para resolver la tensión que pudiera haber entre el libro del Génesis y la datación científica de la Tierra, dos perspectivas que han sido populares desde mediados del siglo XIX: la teoría del “día/era”, que todavía cuenta con numerosos defensores (incluido Ross), y la “teoría del vacío temporal” (también conocida como “teoría de la brecha”) la cual ahora está casi extinta. Sin embargo, hace cien años, la teoría del vacío temporal era probablemente la opción más popular entre los protestantes conservadores, y de hecho lo siguió siendo hasta las décadas de 1960 y 1970; fue durante esos años cuando se inició la rápida difusión del creacionismo científico, el cual relegó la visión del vacío temporal prácticamente al olvido.

La Teoría del Vacío

Resumen:

  1. Dios crea los cielos y la Tierra (Genésis 1:1)
  2. Entre Génesis 1:1 y Génesis 1:2 hubo un vacío temporal durante el que Satán cayó en el pecado y Dios juzgó la Tierra. 
  3. Génesis 1:2, la Tierra se arruina y el caos la domina.
  4. Tanto en Génesis 1:3-31 como Exódo 20:11, se nos describe la “recreación de los cielos y la Tierra”: la cual viene representada por los 6 días de creación, el séptimo día de descanso y el continuo domino de Dios sobre los cielos y la Tierra.
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La teoría del vacío temporal postula un “vacío temporal” de una longitud incalculable que ocurrió entre “el comienzo” de Génesis 1:1 y el primer “día” de la creación, el cual se inicia en Génesis 1:3; el desorden y el vacío de Génesis 1:2 se corresponde a este “vacío temporal” o “brecha”. El versículo 1 se refiere a la creación original de la Tierra y el universo “en el principio”, no al mundo tal y como lo conocemos ahora. Los fósiles representan criaturas que poblaron la creación original. Los seres vivos en la actualidad, por tanto, provienen de una segunda creación que ocurrió después del “vacío temporal”, momento en el que Dios las creó durante seis días literales. Finalmente, Dios culminó su creación con Adán y Eva hace solo unos pocos miles de años.

Aunque la creación de la humanidad coincide con la cronología bíblica tradicional (lo cual fue una de las principales razones por la que la teoría del vacío temporal fue tan popular en su momento) la creación original no se puede fechar usando la Biblia únicamente; el hecho de que la creación hubiera ocurrido hace 100 millones de años (una perspectiva científica que fue bastante popular alrededor del año 1900) o hace miles de millones de años (una perspectiva científica que fue bastante popular alrededor durante parte del XX), no es un dato que sea relevante a nivel Bíblico después de todo. Los geólogos pueden decir lo que quieran sobre la edad de la Tierra. La Biblia anotada de Scofield, publicada originalmente por Oxford University Press en 1909, les enseñó la teoría del vacío temporal a muchas generaciones de protestantes conservadores de habla inglesa. Los títulos de cada sección por sí solos ya nos indican que Scofield afirmaba y defendía la teoría del vacío temporal, e incluso durante la segunda nota al pie de página podemos encontrar su definición: “el primer acto creativo se refiere a un pasado sin fecha y da cabida a todas las edades geológicas”. (NOTA: la fecha “4004 a.C.” que aparece en la columna del medio se refiere al comienzo de los seis días, no al “comienzo” en sí. Más adelante explicaré esa fecha).

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Tal y como nos lo muestra la tercera nota al pie de Scofield (durante la que Scofield intenta demostrar que hubo un cambio cataclísmico en el mundo que fue causado por el juicio divino de Dios) la teoría del vacío temporal generalmente se situaba dentro de una elaborada estructura teológica que trataba sobre la caída de Satanás y los ángeles, la cual al mismo tiempo se basada en ciertos textos proféticos (ver más abajo). Una discusión más profunda sobre este tema desvirtuaría el tema principal de este artículo; sin embargo, sí debería decirse algo acerca de la manera en que los teóricos del vacío temporal interpretan Génesis 1:2, un versículo que es crucial para estructurar su perspectiva de los orígenes. Scofield hizo su trabajo exegético en las notas al pie, pero en otras traducciones (en inglés en este caso) este versículo (la Tierra estaba desordenada y vacía) se traduce diciendo algo así como “la Tierra se convirtió en un lugar desolado”, del cual se extrajo la implicación (en su opinión) de que Dios había destruido la creación original, arrasándola durante un acto de juicio, lo cual acabó dejando en la Tierra fósiles del mundo pre-adámico.

De acuerdo con otras versiones de la perspectiva del vacío temporal, la creación original también incluyó a la gente pre-Adamita, es decir, humanos que no fueron descendientes de Adán y Eva. Esta idea llegó a tomar muchas formas, algunas incluso con tintes racistas. Quizás esto le parezca un poco sorprendente, pero a mediados del siglo XIX este concepto era bastante común entre los protestantes, e incluso entre los católicos. Un ejemplo destacado de esto es el libro The Pre-Adamite Earth: A Contribution to Theological Science (1846), un libro muy popular del ministro congregacional inglés John Harris. El historiador David Livingstone escribió la historia “definitiva” acerca de esta fascinante idea

En todas las versiones de la teoría del vacío temporal, sin embargo, los fósiles se consideran como vestigios del mundo pre-adámico, los cuales aparecieron cuando todo fue destruido; por lo tanto, no representan un registro de la historia evolutiva. De hecho, de acuerdo con esta perspectiva, todos los animales modernos y muchas plantas se crearon recientemente durante seis días literales de calendario. A pesar de lo que suelen decir los CTJ (Creacionistas de la Tierra Joven), ¡simplemente no hay forma de considerar la teoría del vacío temporal bajo una interpretación “evolucionista” del Génesis!

La teoría del “día-era”

La teoría del día-era considera los “días” de Génesis 1 como períodos de tiempo indefinidos, y esa es la razón por la que no se puede determinar ni la edad de la Tierra ni la duración de ningún período particular durante la historia de la creación usando la Biblia. La base de esta perspectiva es que la palabra hebrea “yom” (día) también puede referirse a un período de tiempo indefinido. Hugh Ross, el principal defensor de la creación progresiva en la actualidad, afirma que la palabra “yom” se refiere a un período de tiempo indefinido; por lo tanto, Ross afirma estar interpretando literalmente el capítulo 1 del Génesis cuando defiende la perspectiva del día-era, ya que esa fue la perspectiva de los hebreos originales; así, Ross cree que hubo diferentes eras de tiempo indefinido que se sucedieron una detrás de la otra. 

Desde el siglo XVIII, se han propuesto diversas formas de entender la teoría del día-era y, de hecho, son demasiadas para revisarlas aquí. Al mismo tiempo, todas ellas afirman que los principales tipos de plantas y animales se crearon por separado, durante diferentes eones de la historia de la Tierra. El registro fósil nos muestra de manera confiable lo que vino antes y lo que vino después. Por lo tanto, la creación ocurrió de manera “progresiva”, tal y como Silliman ya lo había dicho en 1829 y Ross lo defiende en la actualidad. Ross piensa que Dios realizó millones de actos de creación especiales, pero los concordistas difieren sustancialmente entre ellos acerca de la magnitud del número de creaciones especiales que llegaron a producirse.

Sin embargo, la mayoría de los concordistas están de acuerdo en que los primeros seres humanos reales fueron Adán y Eva, y que fueron creados ex nihilo. No obstante, ¿cuándo fueron creados realmente? ¿Pueden los 6.000 años bíblicos extenderse lo suficiente como para abarcar fósiles de humanos modernos (homo sapiens sapiens) que se remontan atrás en el tiempo hasta llegar casi a los 200.000 años? ¿Es posible reconciliar la imagen bíblica de los hijos de Adán viviendo en ciudades y usando la agricultura con la amplia evidencia que existe, la cual nos muestra que los seres humanos vivieron mucho antes de que ambas existieran? En realidad, no soy antropólogo, pero cualquiera puede darse cuenta de la importancia que estas preguntas tienen para las personas que son partidarias de esta perspectiva de los orígenes.

4) El Diluvio fue un evento histórico real, pero no fue responsable de producir los fósiles que encontramos en la actualidad; más bien, los fósiles son reliquias de organismos que vivieron antes que los seres humanos.

La última de las cuatro conjeturas básicas sobre la que todos los concordistas están de acuerdo es que todos ellos rechazan la geología del diluvio y aceptan la tabla estratigráfica internacional. Hugh Ross y algunos otros creen que la inundación afectó una zona geográfica específica, y cubrió parte del antiguo Cercano Oriente, pero no cubrió todo el mundo. A esta perspectiva se le denomina la perspectiva del “diluvio local”. El erudito bíblico Paul Seely evalúa brevemente este punto de vista a la luz de la evidencia que se recopilado hasta el día de hoy en este enlace, aunque un análisis más profundo de estos temas va más allá del alcance del objetivo de este artículo. La idea principal aquí es que los concordistas no piensan que el diluvio sea un tema relevante dentro del campo de la geología, haya o no haya sido un diluvio local. 

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Conceptual image of the Big Bang, istockphoto.com/gremlin

(1) La evidencia científica que existe para demostrar que la Tierra es muy vieja es generalmente confiable y no debe rechazarse.

A diferencia de los Creacionistas de la Tierra Joven (CTJ), los Creacionistas de la Tierra Vieja (CTV) no cuestionan el enorme cuerpo de evidencia que demuestra que la Tierra y el universo tienen miles de millones de años, ni tampoco cuestionan el hecho de que ha habido formas de vida complejas y de tamaño macroscópico que han habitado este planeta durante cientos de millones de años. Los autores de la perspectiva CTV a menudo se centran en secciones específicas de la evidencia disponible y las complementan con argumentos que tratan sobre la manera en que se debe leer el Génesis a la luz de esa misma evidencia. Debido a esto, tienen la esperanza de persuadir a los lectores que son partidarios de la perspectiva CTJ de que las principales conclusiones científicas a las que se ha llegado en la actualidad están bien fundamentadas y no contradicen las verdades que la Biblia nos quiere comunicar.

De hecho, los concordistas suelen escribir con un ojo puesto en el CTJ. Hugh Ross, un abierto defensor de la perspectiva “día-era” cuyas opiniones ya se han comentado en este mismo artículo, es probablemente el ejemplo más obvio de un autor de este tipo en la actualidad, aunque se podrían ofrecer muchos otros ejemplos. Hace treinta y cinco años, cuando el creacionismo científico aún era relativamente nuevo, un grupo influyente de autores evangélicos impulsó activamente las interpretaciones creacionistas progresistas con el objetivo de convencer a las personas que eran más partidarios de la perspectiva del CTJ. Aunque obviamente estos libros están un poco anticuados, aún siguen siendo importantes para aquellos que estén interesados en temas como la edad de la Tierra y el universo y su relación con el libro del Génesis.

El fallecido Dan Wonderley enseñó biología durante varios años en el Grace College en Winona Lake, Indiana, donde también enseñaba el pionero del CTJ John Whitcomb. Wonderley, un bautista con maestrías tanto en teología como en biología, tuvo que renunciar a su puesto de trabajo después de que sus puntos de vista acerca del CTV se hicieran públicos. Unos años más tarde, publicó su libro, God’s Time-Records in Ancient Sediments: Evidences of Long Time Spans in Earth’s History (1977), en el que presentó su propia visión de la perspectiva del día-era. En el libro nos presenta un relato detallado de evidencia científica que no se relaciona con los procesos radiactivos, un tipo de evidencia que los CTJ critican constantemente y que socava su credibilidad según la opinión de muchos lectores cristianos conservadores. En realidad, no es que Wonderley negara la validez de los datos radiométricos, sino que quería que los lectores entendieran que, incluso si no se aceptaran tales datos, todavía había muchísima evidencia que demostraba lo vieja que era y es la Tierra. Una edición revisada está disponible en este enlace. Para obtener una versión más corta, consulte su artículo, “Non-Radiometric Data Relevant to the Question of Age“.

El ensayo de Wonderley pronto se reimprimió como un apéndice de otro importante libro del CTV, Genesis One and the Origin of the Earth (1977), escrito por el astrónomo y erudito bíblico Robert C. Newman y un pastor con formación científica, Herman J. Eckelmann, Jr. La edición revisada de este libro también está disponible en Internet. Sus autores defienden una interpretación bastante esotérica del CTV de los “días” del Génesis que afirma que los seis “días” de creación fueron días de calendario ordinarios, pero hubo grandes períodos de tiempo indefinido que separaron cada uno de esos días. Esto se conoce como la perspectiva del “día intermitente”. Robert C. Newman fue un erudito reformado que enseñó sobre el Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Bíblico en Hatfield, PA, durante treinta y cinco años, y durante los últimos años se ha interesado mucho más en el Diseño Inteligente (DI). Esto no debería sorprendernos. Muchos, quizás la mayoría de los partidarios del DI, probablemente apoyan algún tipo de concordismo, aunque esto no es algo fácil de confirmar, ya que la postura oficial del DI es evitar nombrar la Biblia tanto como se pueda. De hecho, hasta cierto punto, la perspectiva del CTV se ha subsumido dentro del DI, (aunque de manera encubierta en lugar de abiertamente). Hablaré más sobre esto en mi próximo artículo sobre el DI.

Simultáneamente con los libros de Wonderley y Newman, el geólogo Davis A. Young publicó el libro Creation and the Flood: An Alternative to Flood Geology and Theistic Evolution (1977). El padre de Young era un erudito bíblico presbiteriano muy conservador, el fallecido E. J. Young. A principios de la década de 1960, como estudiante en Princeton y estudiante de maestría en Penn State, Davis Young apoyó con entusiasmo la Geología del Diluvio de Whitcomb y Morris, pero cambió de opinión como estudiante de doctorado en Brown, convirtiéndose posteriormente en un enérgico oponente del Creacionismo de la Tierra Joven (Ronald Numbers, The Creationists: From Scientific Creationism to Intelligent Design, 2006, págs. 304-306). Mientras fue profesor en Calvin College (en la actualidad ya no ejerce como profesor allí), escribió muchos libros y artículos que combinan información científica, histórica y bíblica sobre el diluvio, la edad de la Tierra, la edad del ser humano e incluso sobre cómo entendía John Calvin el mundo natural, todo ellos escritos de una manera sutil y consistente. Puede que Young todavía sea un concordista de algún tipo, pero hace varios años renunció a la perspectiva del “día-era” y muchos de sus trabajos posteriores no encajan fácilmente con ninguna de las perspectivas que estamos describiendo durante esta serie de artículos. Sin embargo, su erudición es impecable y todo lo que escribe vale la pena leerlo, ya sea que afirme o no un modelo concordista. Debido a la calidad de su incesante trabajo, la Sociedad Geológica de América lo nombró ganador del Premio de Historia de la Geología Mary C. Rabbitt en 2009. El creacionista Jonathan Sarfati, por otro lado, acusa a Young de tener una “escasa erudición y de haberse autoengañado”, mientras que el geólogo CTJ John K. Reed responde a Young y a varios otros geólogos reformados conservadores que aceptan una Tierra vieja en este enlace.

Por cierto, conocí a estos tres hombres (Wonderley, Newman y Young) poco después de la publicación de sus libros, ya que todos estábamos involucrados con la Afiliación Científica Estadounidense. Los lectores que se quieran tomar en serio la manera en que el cristianismo y la ciencia interactúan entre sí deberían unirse a esta excelente organización, la cual nos ofrece la posibilidad de comunicarnos y entablar nuevas relaciones con expertos, además de fomentar un tipo de diálogo respetuoso y amable. En realidad, no hay ningún blog o ninguna lista de emails que puedan igualar a esa asociación científica.

2) Los animales murieron mucho antes de la caída de Adán y Eva.

Los CTV no solo aceptan la evidencia geológica que afirma que tanto el universo como la Tierra son muy viejos, sino que también aceptan sus implicaciones a la hora de interpretar el Génesis, incluidas sus implicaciones para la teodicea. Newman no entró mucho en este tema, pero Young sí lo hizo extensamente durante su primer libro, Creation and the Flood. Hoy en día, los CTV siguen creyendo que la muerte existió antes de la caída, algo que los diferencia considerablemente de los CTJ, quienes mantienen con firmeza que no hubo ningún tipo de sufrimiento animal antes de la caída, lo cual es fundamental a la hora de entender su perspectiva sobre Dios y la Biblia.

Los CTV tienen puntos de vista similares sobre Dios y la Biblia, aunque tienen diferentes perspectivas en lo que se refiere a la historia natural, por lo que se esfuerzan en gran manera a la hora de explicar el problema de la existencia del sufrimiento de una manera que sea consistente con su perspectiva del CTV. David Snoke es un buen ejemplo de esto, quien también es un predicador autorizado dentro de una denominación muy conservadora, la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos (en realidad, no quiero divagar mucho, pero permítanme señalar de pasada que el tema del pecado y la muerte es especialmente importante para los cristianos reformados). Snoke abarca el tema de la teodicea con bastante profundidad en su libro sobre el CTV, A Biblical Case for an Old Earth y en un interesante artículo, “Why Were Dangerous Animals Created?” (un artículo que trata sobre la posible razón por la que los animales más peligrosos fueron creados). La Creacionista de la Tierra Joven Lita Cosner califica el libro de Snoke con el adjetivo “patético“, y añade que “se necesita una cantidad asombrosa de arrogancia para pensar que alguien puede refutar el Creacionismo de la Tierra Joven en detalle con un libro de menos de 200 páginas”, a pesar de que docenas de CTJ han afirmado haber podido “refutar” la evolución con libros mucho más cortos.

Un reciente libro concordista sobre el tema de la teodicea de William Dembski ha llamado mucho la atención, en parte porque el autor es un destacado defensor del Diseño Inteligente, y en parte porque cuando lo escribió estaba enseñando en un seminario propiedad de la Convención Bautista del Sur, una denominación en la que el CTJ tiene muchos defensores influyentes (especialmente R. Albert Mohler, Jr.). Titulado The End of Christianity: Finding a Good God in an Evil World, Dembski afirma que este libro en particular, a diferencia de otros, no trata sobre el Diseño Inteligente, aunque el problema del mal es muy relevante para la naturaleza de un diseñador inteligente. Más bien, es esencialmente un libro sobre el Creacionismo de la Tierra Vieja (CTV), escrito con el objetivo de convencer a aquellos que son partidarios del Creacionismo de la Tierra Joven (CTJ), hacia quienes siente mucha simpatía: “la solución que proponen los Creacionistas de la Tierra Joven, reconciliar el orden de la creación con la historia natural, tiene un buen sentido exegético y teológico”, y fue la perspectiva de consenso a través de la Reforma; “yo mismo adoptaría esta perspectiva de los orígenes en un abrir y cerrar de ojos. Lo que ocurre”, añade rápidamente, “es que la naturaleza nos presenta evidencia convincente que claramente va en su contra” (p. 55). De hecho, tal y como lo dice en una entrevista sobre el libro, el tema de la muerte antes de la caída “está en el centro del debate entre los creacionistas de la Tierra joven y de la Tierra vieja”. Dembski también aboga por un diluvio local, y trata el jardín del Edén como un “área segregada en la que los efectos del mal natural no son evidentes” (p. 151; para más información, consulte el artículo separado de Dembski aquí). Seré más específico sobre la teodicea de Dembski en la parte final de este artículo, donde destacaré una conexión histórica que él mismo estableció sobre este tema. Por el momento, solo quería destacar que sus puntos de vista han sido bastante controvertidos entre los bautistas del sur y otros fundamentalistas, por lo que tuvo que retractarse de su posición sobre el diluvio para permanecer en la facultad del Southwestern Baptist Theological Seminary (lea el “Preámbulo” de Paige Patterson, presidenta del seminario, aquí).

(3) Puede que la evolución haya ocurrido hasta cierto punto, pero los humanos (y al menos algunas otras formas importantes de vida) fueron creados por separado.

Al parecer, Hugh Ross piensa que hay millones de criaturas que fueron creadas por separado. En su contribución al libro The G3n3sis Debate: Three Views on the Days of Creation, Ross y su coautor, el difunto Gleason Archer, dicen: “reconocemos que ocurrieron cientos de millones de milagros durante millones, incluso miles de millones de años”, aunque este tema no se encuentra en el núcleo de este asunto (p.196). A pesar de esto, esta es una de las razones por las que a los concordistas a menudo se les llama “Creacionistas de la Vieja Tierra”. Es extremadamente engañoso llamarlos “evolucionistas”, tal y como suelen hacerlo los Creacionistas de la Tierra Joven, simplemente porque creen que tanto el universo como la Tierra son “viejos”.

Por supuesto, el tema principal aquí es el origen del ser humano. Independientemente de lo que un CTV piense sobre cuántas criaturas fueron creadas por separado, ¡Dios creó a Adán y Eva ex nihilo (de la nada)!

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Debajo de la fotografía: Frontispicio del libro An Introduction to Geology (New Haven, 1839). Cortesía de Edward B. Davis.

Antes del siglo XVIII, los seis “días” de la creación a menudo, aunque no siempre, se interpretaron literalmente como días ordinarios de calendario que se sucedieron uno tras otro tal y como los experimentamos en la actualidad. Durante la Reforma y el siglo XVII, la visión literal de génesis comenzó a ganar más partidarios poco a poco. Las interpretaciones alegóricas, las cuales habían sido alternativas viables durante los siglos anteriores, se volvieron cada vez menos populares entre los eruditos tanto protestantes como católicos. Así, de acuerdo con la famosa redacción de la Confesión de Fe de Westminster, la cual fue redactada en 1646, todo el período de la creación tuvo lugar “en un espacio de seis días”, una frase que incluso en la actualidad es muy influyente para los conservadores presbiterianos cuando se trata del tema de los orígenes. Este juego de palabras se basa en la interpretación del Génesis del teólogo más importante del siglo XVI, Juan Calvino, la cual ya había compartido casi un siglo antes. En su Comentario sobre Génesis, publicado originalmente en latín en 1554, Calvino dijo (en relación con Génesis 1:5),

“Aquí se refuta manifiestamente el error de quienes defienden que el mundo se hizo en un instante. Porque es una cavilación demasiado violenta decir que Moisés distribuyó la obra que Dios perfeccionó de una vez en seis días, con el mero propósito de ser más instructivo. Concluyamos más bien que Dios mismo usó el espacio de seis días con el propósito de acomodar sus obras a la capacidad de entendimiento de los hombres … [Dios] distribuyó la creación del mundo en porciones sucesivas, para que pudiera fijar nuestra atención y obligarnos, como si nos hubiera puesto la mano en el hombro, a hacer una pausa y reflexionar sobre esto. Para confirmar la declaración a la que se aludió antes [ver la primera oración], se cita torpemente un pasaje del Libro de la Sabiduría de Jesús ben Sirá (también conocido como el “Eclesiástico”): “el que vive eternamente lo creó todo por igual”, ya que el adverbio griego κοιν que usa el escritor no significa tal cosa, ni se refiere al tiempo, sino a todas las cosas universalmente”.

En este conciso párrafo, Calvino yuxtapone las dos principales alternativas que los intérpretes premodernos del Génesis llegaron a usar con mayor frecuencia. La opción que defendió Calvino, la semana literal de la creación, fue popular entre los primeros reformadores y estaba bien arraigada en los primeros comentarios bíblicos cristianos. La opción que rechazó, la cual defendía que todo fue creado instantáneamente (algo que a veces se basa en el Eclesiástico 18:1, tal y como Calvino indicó con un evidente desacuerdo), dejó de tener partidarios al principio de la era moderna, pero también estaba arraigado en los primeros comentarios bíblicos cristianos (por no hablar del gran erudito judío Filón de Alejandría, contemporáneo de Jesús). Por ejemplo, alrededor del año 200 d.C. Clemente de Alejandría se preguntó: “¿y cómo pudo la creación tener lugar dentro del tiempo sabiendo que el tiempo surgió al mismo tiempo que las cosas que existen?” Para Clemente, todo fue “creado conjuntamente en el pensamiento”, y dado que “todas las cosas [se] originaron juntas a partir de una esencia y través de un poder”, los seis días no debían entenderse como días literales. (Stromata, Libro 6, Capítulo 16).

La visión de la creación instantánea fue propuesta especialmente por el teólogo occidental más importante del primer milenio, Agustín de Hipona (354-430), quien escribió una obra (en múltiples versiones) llamada Del Génesis a la Letra (ca. 391). Bajo la influencia del Eclesiástico 18:1, enseñó que en el principio Dios hizo la materia y todas las cosas materiales simultáneamente: “aquellos que no pueden entender el significado del texto, que Él creó todas las cosas al mismo tiempo, no pueden comprender el significado de las Escrituras a menos que la narración avance lentamente, paso a paso”. Algunas cosas fueron creadas con el potencial de desarrollarse con el paso del tiempo, y todas ellas crecieron a partir de “semillas” que Dios colocó en la creación, pero todas formaban parte de la concepción original que comenzó a existir de forma material a raíz de un único evento creativo. Sin embargo, para ayudarnos a entenderlo, Dios nos narró su creación siguiendo un patrón de seis días. Agustín llamó a los días de la creación “dies ineffables” (días incognoscibles), los cuales son tan majestuosos y profundos que no podemos pensar en ellos en términos meramente humanos como días ordinarios. Estos días nos indican que hubo un orden lógico, no uno temporal y, por lo tanto, deben interpretarse con sutileza.

Independientemente de la interpretación que favorecieran, los comentaristas han señalado la existencia de un rasgo desconcertante que se encuentra dentro del texto bíblico: el sol no se “creó” hasta el cuarto día, pero al Sol se le da expresamente la tarea de causar (o producir) el “día” y la “noche”; sin embargo, el patrón de “tarde y mañana” ya existía desde el primer día. ¿Qué sentido tiene esto? ¿Fueron los primeros tres días diferentes de los siguientes tres días? Tal y como lo veremos en mi próximo artículo, el cuarto día es crucial para la visión del marco-narrativo, aunque en realidad no hay nada novedoso acerca de las preguntas que la perspectiva del marco-narrativo intenta abordar.

Algunas observaciones sobre las interpretaciones premodernas

El punto de vista de Agustín es diferente de las otras perspectivas modernas sobre las que ya hemos hablado (el concordismo, el marco-narrativo y la evolución teísta), pero resuena de alguna manera con cada una de ellas; es por eso por lo que, a menudo, se la considera como un precursor de todos estos puntos de vista. Aunque tales comparaciones son útiles, debemos tener en cuenta que, de hecho, ni Agustín ni ningún otro comentarista primitivo pudo haberse imaginado que la Tierra fuera tan “vieja”. Antes de finales de la década de 1700, se suponía, generalmente, que todo el mundo prehumano era (como mucho) solo unos pocos días más viejo que los seres humanos. Apenas había evidencia científica relacionada con la edad de la humanidad, la Tierra o el universo. La gente interpretó el Génesis por sí solo, sin tener nada de conocimiento de la geología moderna, la astronomía moderna o la literatura del Antiguo Cercano Oriente. Peter Enns enfatiza la importancia de todo esto en su espléndido libro, La evolución de Adán.

Dada la visión premoderna, nos surge naturalmente la siguiente pregunta: ¿cuántos años tiene la Tierra según la Biblia? Debido a que la Biblia contiene información genealógica sobre los descendientes de Adán y Eva, es posible estimar la fecha de la creación de manera detallada. De hecho, se han propuesto varias fechas específicas, las cuales se acaban agrupando todas alrededor de los 6000 años. La fecha tradicional judía (desde el siglo XII) para la creación del mundo es el 29 de marzo o el 22 de septiembre del 3761 a.C. De acuerdo con esta manera de pensar, si es cierto que se supone algo implícitamente que muchos eruditos cristianos también aceptan: Dios colocó a Adán y Eva en el jardín durante la primavera o durante la cosecha, para que hubiera suficiente comida para ellos. La fecha bizantina, basada en la Septuaginta (en la que algunas de las genealogías difieren de la versión hebrea), es el 1 de septiembre de 5509 a.C. Martín Lutero calculó que la creación ocurrió en el 3960 a.C. Sin embargo, la fecha más famosa entre los protestantes de habla inglesa es la de James Ussher, un erudito que fue muy sutil y detallista en su manera de estudiar el texto bíblico. James llegó a la conclusión de que el mundo se creó en el 4004 a.C. basándose en una cadena de razonamiento bastante larga y compleja y en las genealogías que aparecen en la Biblia. Para ello, comparó la Biblia con otras cronologías antiguas, en parte porque sabía que Jesús no había nacido más allá del año 4 a.C. (en 1583, Joseph Scaliger dijo que Herodes murió en ese mismo año), y en parte porque le gustaba la versión de la interpretación tradicional de la “semana mundial” de los seis días, según la cual cada “día” de la creación representaba mil años de tiempo histórico y, de acuerdo con su perspectiva, solo habían pasado exactamente cuatro mil años desde Adán hasta Cristo.

La semana de la creación literal y la creación instantánea fueron las dos alternativas principales en cuanto a lo que la creación se refiere durante la mayor parte de la historia cristiana. No obstante, sí que hubo otros comentaristas que llegaron a conclusiones diferentes. Lamentablemente, en este artículo no puedo extenderme adecuadamente acerca de la sutileza y la diversidad de opiniones que uno puede encontrarse dentro de este diálogo, el cual ha existido durante más de 2.000 años. Si quieren profundizar más sobre este tema, los animo a investigar más a fondo las referencias que compartiré al final de este artículo.

El descubrimiento del tiempo profundo

El concordismo, como perspectiva, es tan antiguo como la idea usar el “libro de la naturaleza” como una fuente válida de verdad que se complementa con la Biblia. Estos dos puntos de vista se remontan al menos hasta la Edad Media y fueron muy comunes durante el siglo XVII, momento en el que Francis Bacon, Johannes Kepler, Galileo Galilei y muchos otros reconocieron la existencia de múltiples fuentes de verdad utilizando la misma terminología. Sin embargo, el concordismo en la historia natural surgió a fines del siglo XVIII una vez se fue recopilando mucha más información sobre el hecho de que la Tierra era mucho más vieja que la humanidad. Martin Rudwick ha escrito extensamente sobre lo que él mismo llama “el descubrimiento del tiempo profundo”, un término que le sirve para ilustrar una idea que aparece en un grabado de las Cataratas del Niágara, el cual muestra la manera en que ese desfiladero fue producido por la erosión a lo largo del tiempo, un dato que ayudó mucho a la hora de presentarles a los lectores estadounidenses la realidad de que la Tierra era vieja durante la década de 1830. Dentro de la historia natural, el concordismo ha tratado de leer el Génesis en paralelo con los datos que han ido apareciendo en el campo de la geología con el fin de obtener una imagen única y coherente de las dos fuentes de información. El resto de este artículo se dedicará a describir algunos de los aspectos clave del concordismo en los Estados Unidos desde la década de 1830.

En la primera parte de este artículo introduje a Benjamin Silliman, quien era un concordista que afirmaba explícitamente la perspectiva de Galileo sobre la Biblia y la astronomía copernicana. Al aplicárselo a la historia natural, Silliman comenzó a ver que había un cierto grado de “coherencia” entre la geología y la “historia sagrada”. Al esquematizar la evidencia geológica dentro de los seis “días” de la creación, los cuales interpretó como si hubieran sido largos períodos de tiempo cada uno, Silliman señaló que la ausencia (en ese momento) de fósiles humanos indicaba que el “ser humano” había aparecido al final del proceso geológico, algo que era completamente consistente con el libro del Génesis.

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Debajo de la fotografía: del “Apéndice” de Sillman a Bakewell, An Introduction to Geology (1839). Cortesía de Edward B. Davis.

El alumno de Silliman, Edward Hitchcock, llegó a ser ministro congregacional por un tiempo, y fue profesor de geología y teología natural en Amherst College, donde también sirvió nueve años como presidente. Su libro de texto sobre geología, Elemental Geology (1840), el primer libro escrito por un geólogo estadounidense, contenía una extensa sección dedicada a temas bíblicos y teológicos que aún en la actualidad son fascinantes. Hitchcock se inclinó más por aceptar la perspectiva del “vacío temporal” (también conocida como la teoría de la brecha) por encima de la perspectiva del “día/era” de Silliman, ya que pensaba que la perspectiva del “vacío temporal” se acercaba más a una traducción literal del texto, aunque al mismo tiempo sí que consideró algunas interpretaciones alternativas y no presionó dogmáticamente su propia perspectiva.

Un tema teológico crucial que se trata en el libro de Hitchcock es lo que él mismo llamó “la muerte antes de la caída”, la cual según él era un hecho incontestable de la historia natural: “no solo la geología, sino también la zoología y la anatomía comparada, nos enseñan que la muerte entre los animales inferiores no fue el resultado de la caída del hombre, sino de la constitución original que les dio su Creador. Una de las grandes clases de animales, los carnívoros, tienen órganos destinados expresamente a triturar otras clases de alimentos”. Incluso los herbívoros “deben haber consumido una ingente cantidad de insectos, ya que muchos de ellos viven en casi todas las especies de plantas”, sin mencionar la destrucción de “millones de animálcula [organismos microscópicos] que abundan en muchos de los fluidos de los que los animales necesitan beber, e incluso se encuentran en el aire que respiran… En resumen, la muerte no puede ser excluida del mundo, sin un cambio total en la constitución y el curso de la naturaleza; y de hecho no tenemos razones suficientes como para suponer que un cambio así pudiera haber ocurrido, según el relato mosaico [Génesis], en el momento en el que ocurrió la caída del hombre”.

 

De hecho, argumentó Hitchcock, solo por motivos bíblicos, aparte de la geología, uno debería aceptar que la muerte existía antes de la caída. El versículo Romanos 5:12:“por tanto, como el pecado entró en el mundo por un solo hombre, y por medio del pecado entró la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron…”) limita explícitamente el alcance de la muerte, la cual comenzó a afectar a la humanidad desde ese momento: la muerte pasó a todos los hombres. Y, a menos que el propio Adán hubiera presenciado la muerte él mismo, ¿se podría haber usado la muerte por desobediencia como un argumento convincente? Al mismo tiempo, Hitchcock sí que aceptaba el vínculo tradicional que se asumía que existía entre la muerte animal y el pecado humano. Sin embargo, también aceptó el hecho de que la muerte animal ya existía antes de la caída. Para juntar estas dos verdades, apeló a sus convicciones teológicas calvinistas: Dios predijo la caída y la planeó en consecuencia, creando un mundo en el que la muerte animal precedió a la caída cronológicamente, pero no teológicamente, ya que, si Dios en su presciencia hubiera sabido que Adán y Eva no iban a pecar, la creación habría sido diferente.

La forma en que Hitchcock reconcilia el pecado y la muerte con una Tierra vieja no fue muy influyente por así decirlo, pero desde ese momento en adelante, la mayoría de los escritores protestantes conservadores aceptaron que la Tierra era vieja y que la muerte animal ya existía antes de la caída. Sin embargo, William Dembski ha revivido la teodicea de Hitchcock (y de hecho se la atribuye explícitamente a Hitchcock) en su reciente libro, The End of Christianity: Finding a Good God in an Evil World (2009). Ya hice comentarios sobre esto anteriormente, aquí simplemente estoy enfatizando un dato sobre su continuidad histórica e invito a los lectores, especialmente a los fanáticos de Dembski, a leer detenidamente la sección de Hitchcock que aparece en su libro.

El concordismo fue bastante popular a mediados del siglo XX, cuando Bernard Ramm publicó The Christian View of Science and Scripture (1954), el cual ya he mencionado anteriormente. De hecho, escribió este libro en parte para contrarrestar la considerable influencia que Henry Morris y John C. Whitcomb, Jr., tuvieron con su libro The Genesis Flood (1961). Una manera de juzgar la importancia actual del concordismo es el hecho de que el creacionismo científico surgió en parte para contrarrestarlo y los líderes del CTJ continúan dedicando una gran cantidad de energía a combatir a los defensores contemporáneos del concordismo, especialmente a Hugh Ross. El teólogo y ético John Jefferson Davis del Seminario Gordon-Conwell nos ofrece un estilo diferente de concordismo en su libro, The Frontiers of Science & Faith (2002). El título de uno de sus capítulos nos muestra la continua relevancia de Ramm: “¿sigue siendo de utilidad el concepto de la “creación progresiva”? Reflexiones sobre la creación, la evolución y la visión cristiana de la ciencia y las escrituras de Bernard Ramm”. Davis publicó originalmente ese material en la revista de la ASA (American Scientific Association), y está disponible en su sitio web. Por lo tanto, el concordismo sigue siendo una opción viable para los evangélicos en la actualidad.