“El espacio”, de acuerdo con la guía del autoestopista galáctico, “es muy grande. Inmenso. Simplemente es imposible hacerse una idea de lo enorme y lo asombroso que es”.1 Entonces, ¿cómo podemos saber lo grande que realmente es?
El Tamaño del Universo
Comencemos con nuestro sistema solar. Mucha gente aprendió en la escuela que la Tierra está a 93 millones de millas del sol, y ya es difícil hacerse una idea de una distancia de esas características. Sin embargo, ¿qué distancia hay entre el planeta más lejano, Neptuno (ahora que Plutón ya no es formalmente un planeta) y el sol? Neptuno está a poco menos de tres mil millones de millas del sol (2,798,700,000 millas, para ser más precisos). A mi parecer, esa es una distancia increíblemente grande. Aun así, todas estas distancias se pueden medir dentro de nuestro sistema solar. Luego está la Vía Láctea, de la cual nuestro sistema solar es solo una pequeña parte. Algunas estimaciones sobre el tamaño de la Vía Láctea consideran que, dentro de la Vía Láctea, hay de 100 mil millones a 400 mil millones de estrellas (dependiendo de lo que consideremos como la densidad media de las estrellas). De cualquier manera, esas son muchas estrellas, y además hay mucho espacio entre ellas. Sin embargo, la Vía Láctea es solo una galaxia dentro de un universo que tiene alrededor de unos veinte mil millones de billones de estrellas (en realidad no podemos concebir un número tan grande). Y las estrellas más lejanas en cualquier dirección se encuentran a 47 mil millones de años luz de distancia, lo que hace que el universo observable llegue a tener un diámetro de 94 mil millones de años luz.
Creo que la frase “increíblemente grande” se queda corta. Además de todo esto, el universo no solo es grande; sino que es muy viejo.
La Edad del Universo
Los seres humanos han existido desde hace mucho tiempo. Los restos del primer Homo sapiens anatómicamente moderno datan de hace unos 200.000 años, mientras que los primeros rastros del género Homo comenzaron a surgir hace unos dos millones de años (Homo habilis). Los australopitecos se originaron hace unos cuatro millones de años, y los primeros restos de homínidos pueden remontarse hasta los seis o siete millones de años. Sin embargo, la vida ha existido en el planeta mucho antes que eso. Mientras que los organismos unicelulares complejos aparecieron por primera vez hace 1.400 millones de años, los organismos unicelulares simples se remontan a los 3.600 millones de años en el pasado.
La Tierra misma (y nuestro sistema solar) se formaron hace 4.600 millones de años. El universo se originó durante el Big Bang hace 13.800 millones de años. Si se está preguntando cómo es posible que las estrellas más distantes puedan llegar a estar a 47 mil millones de años luz de distancia mientras que el universo solo tiene 13.8 mil millones de años, la razón para esto es que el universo se está expandiendo a un ritmo exponencial.
Por lo tanto, el universo es realmente grande y muy, muy viejo.
La Imagen Bíblica del Mundo
Muchos cristianos piensan que la imagen científica moderna, la cual nos presenta un universo de tal tamaño y con una edad tan inmensa, contradice la imagen del mundo que la Biblia nos presenta, especialmente tal y como nos la encontramos en Génesis 1. Después de todo, según este texto, Dios creó “los cielos y la Tierra” (es decir, el cosmos) en seis días (y luego descansó el séptimo); y según algunos cálculos (usando las genealogías que aparecen en el Génesis) todo esto ocurrió en un período de tiempo que va desde los 6.000 a los 10.000 años. Pero yendo más allá de la supuesta contradicción que pudiera existir en lo que a la escala de tiempo se refiere (la cual creo que se puede abordar adecuadamente), existen maneras muy diferentes de entender el tamaño y la estructura del cosmos cuando comparamos la Biblia con la ciencia moderna.La imagen del mundo que “observamos” tanto en Génesis 1 como en muchos otros textos que tratan sobre la creación en la Biblia parece asumir que la Tierra era plana, y se asentaba sobre las aguas (situando al inframundo en algún lugar “más abajo”, ya sea en las mismas aguas o debajo de las aguas subterráneas). En los extremos de la Tierra se situaban las montañas distantes, las cuales se extendían hacia las aguas del inframundo y hacia los cielos o el cielo (en hebreo šamayim). Se pensaba que estas montañas eran los “pilares” que sostenían la cúpula (o “firmamento”) de los cielos, la cual se concebía como una especie de techo que se situaba sobre la Tierra que tenía el objetivo de retener las aguas cósmicas que estaban por encima de la cúpula.

Debajo de la fotografía: El cosmos bíblico
Usado con permiso de Barry L. Bandstra, Reading the Old Testament
Si consideráramos la imagen del mundo que Génesis nos presenta como un retrato fenomenológico del mundo (en lugar de una narrativa literal de hechos científicos precisos), acabaría teniendo bastante sentido, ya que nos estaría describiendo el mundo tal y como los seres humanos lo percibimos a primera vista.
A pesar de que Génesis 1 es el único relato bíblico de la creación que describe explícitamente la creación como un proceso de seis días (hablaremos de lo que esto significa en un momento), la imagen básica del mundo esbozada arriba se asume durante toda la Biblia y forma parte de otras cosmologías del Antiguo Cercano Oriente.
El Cosmos entendido como un Edificio
Tanto en la Biblia como en otras culturas del Antiguo Cercano Oriente (Babilonia, Asiria, Egipto, Sumeria, etc.), se pensaba que el mundo era un edificio, un espacio habitable para que los humanos y otras criaturas pudieran vivir en él.2 Esa es la razón por la que, en el libro de Proverbios, se nos describe la creación del mundo y la construcción de una casa de una manera bastante similar:
La casa se edifica con sabiduría
y se afirma con inteligencia.
Sus alcobas se llenan con buen juicio,
y con todo bien preciado y agradable. (Proverbios 24:3-4)
Algunos capítulos antes encontramos esta descripción, la cual describe la manera en que Dios creó:
Con sabiduría, el Señor fundó la tierra;
con inteligencia, el Señor afirmó los cielos.
Con su sapiencia se abrieron los abismos,
y destilaron las nubes su rocío. (Prov. 3:19-20)
Verbos como “edificar” y “fundar” son términos arquitectónicos. Incluso el Nuevo Testamento conserva la expresión “la fundación del mundo” (Mateo 13:35; Lucas 11:50; Juan 17:24; Efesios 1:4; Hebreos 9:26), aunque algunas traducciones modernas consideran esto como una metáfora muerta y lo traducen como “la creación del mundo”. Sin embargo, esta metáfora estaba muy viva durante los tiempos del Antiguo Testamento.4 Por ejemplo, cuando Dios cuestionó a Job, su descripción de la creación se basó en gran manera en una serie de imágenes arquitectónicas:
¿Dónde estabas tú, cuando yo afirmé la tierra?
Si en verdad sabes mucho, dímelo.
Dime también, si lo sabes, ¿quién tomó sus medidas?
¿O quién la midió palmo a palmo?
¿Sobre qué están sentadas sus bases?
¿Quién puso su piedra angular
mientras cantaban las estrellas del alba
y los seres celestiales se regocijaban? (Job 38:4-7)
Aunque esta imagen antigua del mundo (entendido como un edificio) nos puede parecer algo extraña a la gente moderna —conscientes como somos de las vastas extensiones del espacio— sí que nos transmite una verdad teológica importante que es muy relevante para nuestra comprensión científica contemporánea del universo.
El Cosmos entendido como un Templo
Tal y como lo sugieren tanto Job como Proverbios (entre muchos otros textos bíblicos), la creación se describe en la Biblia como si fuera un edificio. No obstante, la creación no es un edificio cualquiera. La Biblia sigue la antigua convención del Cercano Oriente al entender el mundo como la “casa” de Dios, es decir, como un santuario cósmico, un templo destinado a ser habitado por Dios mismo, en donde el cielo se corresponde con el Lugar Santísimo, un lugar en el que la presencia de Dios es claramente “visible”.5 el Antiguo Testamento trata la presencia de Dios en el templo de Jerusalén como una conexión terrenal de YHVH reinando desde el cielo. Sin embargo, Isaías 66 desafía profundamente a quienes reconstruyeron el templo después del exilio; dado que la creación ya es la morada de Dios, no se necesitaba una “casa” construida por seres humanos para que Dios pudiera habitar en su creación.
Así ha dicho el Señor:
«El cielo es mi trono, y la tierra es el estrado de mis pies. ¿Qué clase de casa podrían edificarme? ¿Que lugar pueden ofrecerme para mi reposo? Yo hice todo esto con mis propias manos, y fue así como llegaron a existir. Yo pongo la mirada en los pobres y humildes de espíritu, y en los que tiemblan al escuchar mi palabra.
—Palabra del Señor. (Isaías 66:1-2)
La comprensión generalizada del cosmos que aparece en la Biblia (cosmos = lugar sagrado) le da sentido a la imagen del mundo esbozada por el monje del siglo VI Cosmas Indicopleustes, en el Libro 3 de su Topografía cristiana.6

Debajo de la fotografía: El cosmos de Cosmas (siglo VI)
Esta imagen sería incomprensible si no entendiéramos la concepción bíblica del universo como el tabernáculo o el templo en grandes dimensiones (en la descripción de Cosmas, el Lugar Santísimo es el monte Sión, donde habita Dios).
La correspondencia que existe entre la creación y el tabernáculo (como un macrocosmos y un microcosmos) es evidente en Éxodo 31:1-5; 35:30-33, donde a Besalel se le encarga supervisar la construcción de una casa que tenía el objetivo de convertirse en la morada de Dios. Con este fin, Besalel se llenó de sabiduría (hokmâ), entendimiento (tebunâ), y conocimiento (da’at), la misma tríada de términos con los que Dios creó el cosmos en Proverbios 3.
A través de estos encargos, Besalel tuvo que “crear diseños… para trabajar en oro, plata y bronce, en el tallado y engaste de piedras preciosas, y en todo trabajo ingenioso en madera” (Éxodo 31:2-5). El hecho de que Besalel iba a “realizar toda clase de trabajos” (Éxodo 31:5) refleja el hecho de que Dios fue quien completó “toda la obra” de la creación (lo cual se declara dos veces en Génesis 2:2-3). A pesar de las diferencias que existen entre las diferentes traducciones, la redacción en hebreo es idéntica.
Y Besalel se llenó del “Espíritu de Dios”, el mismo Espíritu que se movió por encima de un mundo desordenado y vacío que Dios estaba a punto de ordenar (Gn.1:2). La presencia del Espíritu al comienzo de Génesis 1 nos sugiere que Dios se estaba preparando para exhalar su santa presencia dentro del cosmos, así como la gloria del Señor llenó el tabernáculo y el templo después de que se terminara su construcción (Éxodo 40:34-35; 1 Rey.8:10-11).
De vuelta a Génesis 1
Las similitudes que existen entre lo que ocurrió en el tabernáculo y el relato de la creación de Génesis 1 nos animan a reconsiderar el significado del marco de los seis días de la creación junto con el reposo de Dios durante el séptimo día.
El número siete es un número que se asocia frecuentemente con la adoración y los templos en el mundo antiguo y también en la Biblia. De hecho, se han encontrado textos provenientes del mundo antiguo que hacen referencia a las ceremonias de dedicación de los templos, unas ceremonias que en ocasiones se celebraban durante 7 días. Más aún, Salomón construyó el templo de Jerusalén en siete años, y lo dedicó a través de un ritual de siete días (la Fiesta de los Tabernáculos). Hay múltiples usos del número siete no solo en Génesis 1, sino también durante el relato de la construcción del tabernáculo y durante el relato de la dedicación del templo de Jerusalén.7
La idea que el “reposo” de Dios quiere comunicarnos en Génesis 1 (y en otros relatos de la creación del Antiguo Cercano Oriente) es que, habiendo construido el cosmos y habiéndolo considerado como su “casa” o templo, el Rey divino estableció su residencia en el mundo. Dios ahora estaba sentado en su trono, reinando como el Señor del universo.
Entonces, el marco de tiempo 6+1 que aparece en el relato de la creación de Génesis 1 no tiene nada que ver con los cálculos científicos que determinan la manera en que el universo comenzó a existir. Si persistimos en leerlo como si de un relato científico se tratara, nos perderemos la idea principal del texto: que este mundo es la morada de Dios, el cual Dios mismo ha santificado con su presencia.
No obstante, Génesis 1 va más allá de la imagen común que dominaba el Antiguo Cercano Oriente acerca de que el cosmos se debía entender como un templo. En contraste con el politeísmo de los vecinos de Israel, este relato inicial de la creación afirma que hay un solo Dios, uno que es el creador soberano de todo lo demás.
Génesis 1 no solo desafía la continua tentación de Israel (y la nuestra también) de confiar en dioses falsos, sino que este relato de la creación describe cada etapa del proceso creativo como si fuera algo “bueno”, y nos presenta a Dios generosamente creando una variedad de animales y plantas que acaban siendo bendecidos con el regalo de la fertilidad. El hecho de que Dios considere que este cosmos contingente y finito es “bueno en gran manera” (Gén. 1:31) contrasta con otros relatos antiguos, los cuales describen la creación como el resultado de una batalla violenta entre deidades vengativas que finalmente provocó la creación del cosmos.
Génesis 1 también enfatiza la dignidad y la vocación tan importante que los seres humanos están llamados a desempeñar en el mundo debido a que fueron creados a imagen de Dios (el cual será el tema de mi próximo artículo). Esto contrasta con los relatos de la creación que retratan a los seres humanos como criaturas hechas de arcilla mezclada con la sangre de un dios o un demonio, quienes estaban destinados a ser esclavos de los dioses y del imperio que controlaba la religión y los templos durante las diferentes etapas históricas del mundo antiguo.
Perspectiva del mundo vs. cosmovisión
En la actualidad, debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿cómo podríamos conectar la comprensión bíblica del mundo, la cual entiende el universo como si fuera la creación de Dios, con lo que la ciencia moderna nos dice acerca del universo (que lo describe como un universo muy viejo e inmensamente grande)?
En este momento nos sería muy útil hacer hincapié en la perspectiva del mundo (Weltbild en alemán) o la visión o “geografía cósmica” (un término muy favorecido por los eruditos) que la Biblia asume de su cosmovisión normativa (Weltanschuaang en alemán), la visión teológica distintiva y permanente que Dios nos reveló precisamente a través de esta perspectiva del mundo antiguo. Los escritores bíblicos no enseñaban esta perspectiva del mundo antiguo (esta forma de ver el mundo era simplemente el entendimiento común que existía en las antiguas culturas del Cercano Oriente); sino que más bien estaban usando esa perspectiva del mundo para comunicar una visión distinta de lo que ellos creían que significaba el mundo.
En el pasado, los cristianos transfirieron los valores perdurables de esta antigua visión teológica, la cual consideraba que la Tierra era plana y el cielo estaba encima cubriéndola, a la concepción medieval del mundo (la cual se aprendió de los griegos) que consideraba que la Tierra era una esfera que tenía siete esferas cristalinas concéntricas a su alrededor, en las que estaban incrustados la luna, Mercurio, Venus, el sol, Marte, Júpiter y Saturno (en ese orden). Esta visión teológica se transfirió nuevamente al universo heliocéntrico de los tiempos modernos, en el que los planetas están orbitando alrededor del sol (y la luna alrededor de la Tierra).
El Universo entendido como el Templo de Dios
Ahora que hemos llegado a entender que nuestro sol es solo una de las muchas estrellas que hay en el universo, que el universo se está expandiendo y que contiene miles de millones de galaxias que se han desarrollado a lo largo de muchísimo tiempo, la pregunta que nos concierne aquí es si podemos llegar a considerar este universo a través de la fe como la buena creación de Dios, el templo cósmico que Dios quiso habitar junto con nosotros y las demás criaturas que él mismo creó en su momento.
Cuando los escritores bíblicos decían que Dios estaba reinando desde el cielo (Sal.11:4, 14:2), esto se entendía como un símbolo de su trascendencia divina, lo que implica que Dios está muy por encima y más allá de nosotros (después de todo, nadie tiene acceso al cielo). Sin embargo, dado que “el cielo y la tierra” es la expresión que la Biblia utiliza para describir la creación, el hecho de que Dios habite en el cielo también es un símbolo que representa la inmanencia divina; Dios se ha dignado a coexistir con parte del orden creativo que él mismo diseñó.8
Cuando Salomón reflexionó sobre la posibilidad de que Dios habitará en el Lugar Santísimo, él mismo se preguntó con asombro: “¿en verdad, Señor, quieres vivir en este mundo? Si ni la gran expansión de los cielos es capaz de contenerte, ¡mucho menos este templo que he edificado en tu honor! (1 Rey. 8:27) Nosotros tenemos una comprensión mucho más clara de lo inmensos que son “los cielos”, y por eso podemos apreciar las palabras de Salomón desde una nueva perspectiva. De hecho ¡un universo 94 mil millones de años luz de diámetro tampoco puede contener a Dios! Sin embargo, Dios no solo se ha acomodado para morar en el cielo o en el Lugar Santísimo del tabernáculo y el templo, sino que se ha acomodado hasta el punto de encarnarse en Jesús de Nazaret, la Palabra hecha carne (Juan 1:14), y también ha llegado incluso a habitar en la iglesia misma, ya que la iglesia es el templo que mora el Espíritu Santo (1 Cor. 3:16-17, 6:19; 2 Cor. 6:16; Ef. 2:21).
Si bien la Tierra no experimenta actualmente la plenitud total de la presencia de Dios (debido al pecado humano), la Biblia promete que incluso esta pequeña porción del templo cósmico finalmente se llenará con la gloria de Dios, tal y como las aguas cubrieron el mar (Núm.14:21; Isaías 11:9; Hab. 2:14). Cuando el mal haya sido vencido y el mundo se convierta en el reino de Dios (Apocalipsis 11:15) para que la voluntad de Dios se haga en la Tierra como en el cielo (Mateo 6:10), entonces, en palabras del apóstol Pablo, Dios será “el todo en todos” (1 Cor. 15:28).9