La Creación Bíblica en su Contexto del Antiguo Cercano Oriente
Génesis 1 representa un "recuento" israelita de la historia de la creación frente al mar de historias alternativas que existieron en el mundo antiguo.
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Introducción
Quizás debido a la influencia de la Biblia en la cultura occidental, la gente asume que el antiguo Israel fue una nación muy importante durante la historia. Aunque la relevancia cultural de la Biblia y el cristianismo han disminuido (una situación que algunos han llamado “la era de la poscristiandad”), la Biblia se sigue considerando un texto autoritativo, y esto puede causar que nos tomemos a la ligera el hecho de que la Biblia, históricamente, no surgió desde un contexto de superioridad cultural con respecto a otras naciones.
Lo que el antiguo Israel careció en cuanto a influencia política se refiere, sin embargo, lo compensó con creces en la manera en la que su nación conceptualizaba su identidad comunitaria ante Dios, una visión que fue incorporada en los libros que ahora conocemos como la Biblia Hebrea o el Antiguo Testamento. Tal y como lo han podido discernir muchos eruditos, “la genialidad [de Israel] en su religión, ética, literatura e historiografía, fue lo que [eventualmente] le dio una importancia desproporcionada tanto a su pequeña población como a su tierra”.2 Aquí es donde radica el genio de los escritores bíblicos. A pesar de su estatus relativamente marginal en el mundo antiguo, los escritores del Antiguo Testamento (las escrituras Hebreas) fueron capaces de expresar claramente una concepción religiosa – una visión de la historia y de la realidad – que tuvo y aún tiene la capacidad de permanecer viva por mucho tiempo, una que pudo transcender sus orígenes más allá de la tradición literaria particular del pueblo específico del antiguo Cercano Oriente desde la que surgió, para posteriormente ocupar un lugar importante entre los principales fundamentos de la civilización occidental.
La historia de la creación en Génesis 1:1-2:3 nos ayuda a vislumbrar este tipo de dinámica en acción. Desde el siglo XIX, se ha sabido que el relato primigenio de la primera parte del Génesis no fue el único relato de los orígenes cósmicos que se escribió en el Antiguo Cercano Oriente. De hecho, fue alrededor del siglo XIX, un momento en el que se estaban realizando excavaciones arqueológicas más extensas en la región, cuando los estudiosos comenzaron a descubrir otros “relatos de creación” procedentes de Mesopotamia y Egipto: historias y/o descripciones que no solo mostraban sorprendentes similitudes con el texto bíblico que aparece en Génesis, sino que también eran más antiguas que la del relato bíblico en sí (al menos en algunos casos, aunque, en realidad, posiblemente todas ellas eran más antiguas).3 Para muchos cristianos, tanto entonces como ahora, esto ha sido percibido como algo problemático, porque se creía, y se sigue creyendo, que la autoridad de la Biblia se deriva de su condición de ser la revelación única de Dios, la cual nos ofrece un tipo de información a la que no podemos acceder a través de otros medios. Por lo tanto, si el relato de la creación en Génesis 1 es solo uno de los muchos relatos de creación antiguos que existen, los cuales comparten características similares entre ellos, ¿cómo podemos afirmar y justificar que el relato de la creación bíblica sea cierto y los otros no lo sean?
Sin embargo, cuando reconocemos que Génesis 1 (como el resto de la Biblia) surgió de una cultura matriz caracterizada por ideologías y visiones del mundo que competían entre sí, la presencia de otras historias de creación no tiene por qué ser considerada como una especie de obstáculo intelectual; en cambio, es algo que nos puede proporcionar nuevas perspectivas a la hora de interpretar el relato de creación bíblico. En realidad, al comparar estos otros textos con lo que tenemos en Génesis 1, nos podemos dar cuenta de que el relato de la creación de Génesis no es simplemente otro relato de creación independiente, sino un recuento deliberado de la historia de la creación, uno que usa la manera característica de los relatos de los orígenes del antiguo Cercano Oriente en general, pero uno que se escribió desde una perspectiva distintivamente israelita. Aunque Génesis 1 comparte con las otras historias de creación algunas características comunes en su simbología a la hora de hablar sobre los orígenes, el relato bíblico nos presenta una realidad completamente diferente a través del uso de esos mismos símbolos; no solo eso, sino que también nos muestra una conciencia real y sincera de la existencia de estos relatos alternativos, pero al mismo tiempo hace afirmaciones que van más allá o incluso se oponen a ellos. En resumen, podemos llegar a la conclusión de que Génesis 1 es nada más y nada menos que la respuesta que los israelitas ofrecieron para competir con las demás cosmovisiones de su época, las cuales también ofrecieron historias de creación similares.
Mi objetivo con este artículo es analizar brevemente Génesis 1 teniendo en cuenta este marco interpretativo, destacando tres ideas que hacen referencia a la “cosmovisión” que emanan de la historia de acuerdo con el trasfondo cultural del Antiguo Cercano Oriente. Mi argumento es que, al considerar Génesis 1 de esta manera, tendremos la oportunidad de acercamos mucho más a las verdades “reales” que el texto quiere comunicarnos; unas afirmaciones que, en realidad, están arraigadas en una concepción teológica específica (más que científica) del mundo. En el contexto de esta breve presentación, solo podré esbozar las ideas más generales del texto, pero lo haré con la esperanza de que lo/la motiven lo suficiente como para hacer una reflexión teológica más profunda sobre la poderosa y cautivadora historia de creación que aparece en el libro del Génesis.
Dios es el Creador supremo
La primera idea de cosmovisión que podemos observar en Génesis 1 es que Dios es el Creador supremo, la única fuerza que hubo detrás de la creación misma. En contraste con algunas historias de la creación que surgieron en el Antiguo Cercano Oriente, particularmente durante los relatos babilónicos, en los que se describe que el mundo surgió a través de un choque de fuerzas cósmicas, la noción de que hubiera habido un conflicto al principio de la creación casi que no se puede encontrar durante la descripción del relato bíblico. El texto bíblico tampoco habla de un mundo que se pudiera haber generado a sí mismo, tal y como se describe en los Textos de las Pirámides de Egipto, los cuales describen la creación a través de la aparición de una colina que surgió espontáneamente de la nada.4 En la visión bíblica, sin embargo, detrás de la creación hay un Creador: un Creador personal y supremo, uno que está en control desde el principio hasta el fin.
En particular, Génesis 1 describe la creación como algo que ocurrió únicamente gracias al poder de la palabra de Dios. “Y dijo Dios: «¡Que haya luz!» Y hubo luz” (Génesis 1:3).5 Es decir, el universo existe únicamente porque Dios quiso que así fuera. De hecho, no había otras autoridades a las que tuviera que consultar, ni otras fuerzas con las que tuviera que enfrentarse. Cualquier indicio que haya podido haber sobre la existencia de fuerzas potencialmente enemigas en el texto es bastante tenue, e incluso esos indicios pueden entenderse como intentos deliberados de relativizar esos otros poderes mitológicos.
Por ejemplo, en Génesis 1:2 podemos leer lo siguiente, “el espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas”. Las aguas, en el pensamiento del antiguo Cercano Oriente, representaban un poder hostil; eran el símbolo preeminente del caos, una fuerza que había que contener para así poder proteger la vida misma. En Génesis, las aguas están ahí, pero están bajo control. El Espíritu de Dios se cernió sobre ellas con una autoridad implícita, listo para comenzar el proceso de creación. De manera similar, en Génesis 1:21 podemos leer lo siguiente: “Dios creó entonces los grandes monstruos marinos (del hebreo tannînīm)”. Esta frase hace referencia a una especie de monstruo marino o dragón que se puede encontrar en otras tradiciones mitológicas, tales como la literatura ugarítica, y la idea es que, durante el relato bíblico, este monstruo marino solo se considera como una criatura más entre todas las demás criaturas, y no un enemigo que debiera ser derrotado durante una enorme batalla. Todo esto demuestra una vez más que, para los hebreos, Dios era indudablemente un Dios supremo y soberano. El Dios bíblico de la creación no tenía que luchar contra nadie para conseguir el dominio sobre la creación, ya que él era (y es) simplemente soberano, y fue quien permitió que el universo existiera de acuerdo con su propia palabra autoritativa y con su voluntad.
La creación es intrínsecamente buena
La segunda idea surge lógicamente como consecuencia de la primera, y es esta: que la creación, desde el punto de vista bíblico, es intrínsecamente buena. De hecho, es buena porque Dios la creó de esa manera. En Génesis 1:4 podemos leer lo siguiente: “Y vio Dios que la luz era buena, y separó Dios la luz de las tinieblas”. Esta frase “y vio Dios que (era) buena” es, por supuesto, un estribillo que se repite en varias ocasiones a lo largo de Génesis 1, el cual culmina con la afirmación de que “todo ello era bueno en gran manera” en Génesis 1:31. El concepto de la “bondad” en la creación, aunque pueda parecernos algo obvio, es algo que no deberíamos tomarnos a la ligera, especialmente porque surge dentro de un contexto histórico en el que existían otras historias de creación que no consideraban la creación como algo “bueno”.
En particular, las perspectivas provenientes de Mesopotamia muestran una notoria ausencia del tipo de estabilidad que una creación objetivamente buena nos pudiera proporcionar. En el Enuma Elish babilónico, uno de los relatos de creación más extensos que existen en la actualidad, el mundo se originó de esta manera: primero hubo una mezcla de las aguas primigenias frescas y las aguas primigenias saladas (las cuales se conocen con los nombres de Apsu y Tiamat). Estas aguas se mezclaron con el fin de producir a los dioses. Más tarde, hubo una segunda generación de dioses, cuyo ruido llegó a perturbar a Apsu y Tiamat. Después de que se tramara un plan para destruir a los dioses, Ea, el dios de la sabiduría, intervino, solo para provocar que Tiamat quisiera matarlos aún más. Los otros dioses, sin embargo, fueron en busca del dios Marduk, quien posteriormente derrotó a Tiamat, el monstruo marino, y con su cadáver creó las dos mitades del cielo y la tierra. Por lo tanto, si bien es cierto que se puede vislumbrar una especie de proceso en este relato, tal vez incluso la presencia de algún tipo de orden, la idea de que la creación es una creación buena y estable en el sentido bíblico de la palabra está completamente ausente durante este relato.
El erudito Nahum Sarna resume esta idea de la siguiente manera:
La naturaleza de los dioses [mesopotámicos] no ofrecía ningún sentimiento de certeza y seguridad en el cosmos… El ser humano se veía a sí mismo dentro de un continuo conflicto entre las poderosas fuerzas de la naturaleza y él mismo, y la naturaleza, especialmente en Mesopotamia, se entendía como algo cruel, indiscriminado, [e] impredecible. Dado que los dioses eran inmanentes por naturaleza, también compartían estos mismos atributos. Para agravar aún más la situación, también existía una especie de poder primordial e inescrutable más allá del reino de los dioses al que estaban sujetos tanto el hombre como los dioses. El mal, de este modo, era una necesidad permanente y no había nada esencialmente bueno dentro del universo pagano.
En contraste con esto, en Génesis vemos a un Dios que considera su creación como algo bueno. Por un lado, es un Dios que no es indiferente en cuanto a juicios de valor se refiere, sino que es un Dios que hace distinciones, separa las cosas y las diferencia las unas de las otras. Es un Dios que hace que la luz exista a través de su palabra, la considera como algo bueno y finalmente la separa de las tinieblas. A lo largo de toda la Biblia, las tinieblas, tal y como las aguas, simbolizan las cosas que son contrarias y hostiles a Dios, todo aquello que es contrario y hostil a la vida humana en sí misma. Por lo tanto, el acto de separar las cosas es algo natural y algo que se debía esperar de un Dios moral. Por un lado, Génesis nos revela a un Dios que considera que la bondad no es algo relativo, y esa es la razón por la que continuamente hace juicios de valor durante el texto bíblico. Por otro lado, todo lo que Dios crea a través de su palabra es, de hecho, “bueno en gran manera” (Génesis 1:31). Su creación en conjunto no es algo aleatorio e intrínsecamente hostil, sino que tiene un propósito, y forma parte de un plan divino. Tomando prestado un término científico moderno para referirnos a esta característica de la creación de Dios, el universo está “finamente ajustado” para la existencia de la vida. Al mismo tiempo, esta manera de entender la creación no era algo obvio (en absoluto) para el resto de las naciones vecinas de Israel. Sin embargo, la idea de que la creación es buena se encuentra en el corazón mismo del entendimiento bíblico de la creación.
Los cielos y la tierra son el templo de Dios, y los seres humanos son la imagen de Dios.
El tercer punto en sí consta de dos partes. La primera parte es que la Tierra en Génesis 1 se describe como la morada del templo de Dios. La segunda parte se relaciona con el propósito que los seres humanos tienen dentro de esta morada del templo, el de servir como imagen de Dios en el mundo. Estas dos observaciones requieren cierta elaboración. La conexión creación/templo se ve muy a menudo en el pensamiento del Antiguo Cercano Oriente. Por un lado, en el Antiguo Cercano Oriente, los templos se entendían como una especie de microcosmos del mundo y, por lo tanto, se construían y decoraban con esa idea en mente. Piense, por ejemplo, en las decoraciones del templo de Salomón: las palmeras, las flores, las granadas, el mar de bronce en el patio, etc. El Templo de Salomón se parecía a otros templos antiguos en el sentido de que estaba destinado a representar el reino de su dios específico en la Tierra.
Además, en muchos de los relatos de creación que surgieron durante el Antiguo Cercano Oriente, a veces encontramos la construcción de un palacio o templo como el acto que finalmente culmina el proceso de creación. Por ejemplo, en Enuma Elish, una historia a la que ya nos hemos referido en este mismo artículo, después de que el dios Marduk derrota al monstruo Tiamat, Marduk crea a los humanos para ser sirvientes de los dioses, y posteriormente construye un templo: el templo Esagila en Babilonia. Esto es en realidad parte de una idea central más importante: después de que un rey derrotaba a sus enemigos, el proceso de asegurar ese dominio implicaba la construcción de un palacio (y un “templo” era en realidad el “palacio” o la “casa” del dios, porque esos términos se derivan de la misma metáfora raíz de muchas lenguas antiguas del Cercano Oriente – la “casa” del rey servía como el modelo para conceptualizar la “casa” del dios de cada una de esas culturas).
Sin embargo, en Génesis 1, se puede ver nuevamente una reconfiguración del motivo del templo en relación con la creación. En Génesis 1, la creación no es el preludio de la construcción de un templo. Más bien, la creación misma, en su totalidad, es el templo de Dios; los cielos y la Tierra representan el dominio del gobierno soberano de Dios. De hecho, este concepto se ve claramente en otro versículo famoso del libro de Isaías (Isaías 66:1): “el cielo es mi trono, y la tierra es el estrado de mis pies. ¿Qué clase de casa podrían edificarme? ¿Que lugar pueden ofrecerme para mi reposo?” Por lo tanto, Génesis 1 describe la totalidad de la creación como el templo de Dios, el reino de su gobierno. Esta idea se refuerza aún más cuando la historia llega a su culmen durante el séptimo día, durante el que Dios “descansa” de su obra, de nuevo una idea que tiene sentido únicamente si la creación se considera como la morada desde la que emana la soberanía y el gobierno de Dios.
Entonces, ¿qué pasa con la segunda parte de esta idea, la cual trata sobre el lugar que ocupan los seres humanos en la creación? El día 6 en particular habla directamente del lugar que la humanidad ocupa en la creación. Génesis 1:26-27 dice así: “¡Hagamos al hombre (es decir, la humanidad – hebreo ’ādām) a nuestra imagen y semejanza! ¡Que domine en toda la tierra sobre los peces del mar, sobre las aves de los cielos y las bestias, y sobre todo animal que repta sobre la tierra! Y Dios creó al hombre (’ādām) a su imagen. Lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó”.
“A imagen de Dios”: esta es otra ocasión en la que el contexto del Cercano Oriente es esencial para comprender el texto. La palabra hebrea para “imagen” es ṣelem, que es una de las palabras que se usa en la Biblia para referirse a imágenes físicas o ídolos de dioses: ídolos que estaban hechos de oro, plata, metal o incluso de madera, y es una palabra que se utiliza en el contexto de la adoración. En el antiguo mundo del Cercano Oriente, cada zona tenía su propia manifestación local, una deidad, y a su vez, era común que hubiera ídolos físicos que representaban a estas deidades. Los arqueólogos modernos han desenterrado varias de estas deidades. Además, una de las características centrales de “la religión del templo” en el Cercano Oriente en general era “el cuidado y la alimentación de los dioses” 7. Es decir, la adoración implicaba que las personas quisieran servirle al dios físicamente también, es decir, cuidarlo; y de hecho, tenemos amplia evidencia de esto. En Egipto, por ejemplo, como parte de un ritual diario en algunos templos, vestían al dios, lo alimentaban, lo lavaban, lo bañaban, lo ungían con aceite y lo maquillaban, y se realizaban rituales muy elaborados que ocurrían de manera constante en los que se involucraba el cuidado de la imagen física, el ídolo, porque se creía que era la verdadera manifestación del dios al que adoraban, uno que vivía en mitad de su gente.
A diferencia de sus naciones vecinas, el antiguo Israel prohibió el uso de imágenes durante la adoración. Por un lado, el monoteísmo de Israel imposibilitaba el hecho de adorar a los ídolos de otras deidades. Sin embargo, incluso cuando se trataba de Yahvé, el Dios de Israel, las imágenes estaban prohibidas. El segundo mandamiento nos aclara esta idea: “no te harás imagen, ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.” (Éxodo 20:4). La idea era que la esencia del Dios verdadero no podía reducirse a una imagen que estuviera hecha por manos humanas. Es de notar entonces que, tanto en el Tabernáculo israelita que se transportó por el desierto como en el Templo de Salomón, no había ningún ídolo ni imágenes de Dios. En cambio, lo único que se podía encontrar dentro era el Arca de la Alianza en el Lugar Santísimo –una caja que tenía una criatura alada llamada querubín a cada uno de sus lados. Basándonos en comparaciones con la iconografía del Antiguo Cercano Oriente, el arca probablemente tenía la intención de representar el reposapiés de Dios. La idea era que la presencia de Dios estaba sobre el arca, como si Dios estuviera sentado en un trono invisible con sus pies descansando sobre ella. Israel rechazaba todo tipo de idolatría, y esa es la razón por la que no había ninguna imagen real de Dios en el Tabernáculo o el Templo.
Por lo tanto, la idea que se nos comunica en Génesis 1 debería estar clara, ¿verdad? Debido a que los cielos y la Tierra representan el templo de Dios, los seres humanos representan la imagen de Dios en el templo. Tanto en el Tabernáculo israelita como en el Templo Salomónico, no había imágenes de Dios hechas por manos humanas. En cambio, la imagen de Dios estaba presente en el templo solo cuando había un ser humano dentro. En otras palabras, los seres humanos no solo están hechos a imagen de Dios, sino que estamos hechos en función de la imagen de Dios. En realidad, es posible argumentar gramaticalmente a favor de la validez de la traducción “en función de la imagen de Dios” en lugar de “a imagen de Dios”. Las preposiciones son notoriamente difíciles de traducir con precisión de un idioma a otro, y la preposición hebrea aquí (la preposición be) contiene una esfera de significado bastante amplia en la que se incluye el sentido de “como, o en función de”.8 Dicho de otra manera, la fraseología hebrea aquí denota no tanto la manera en que se creó el ser humano (es decir, el “molde” desde el que fueron creados los humanos), sino más bien la función que el ser humano debía desempeñar de acuerdo con lo que Dios había dispuesto para ellos. Por lo tanto, es mejor entender la declaración de Génesis 1:26 en el sentido de que los seres humanos están hechos para funcionar como la imagen de Dios en el mundo. Los seres humanos no solo están hechos a imagen de Dios, sino que están llamados a ser su imagen en el mundo.
Génesis 1:27 también dice explícitamente: “hombre y mujer los creó.” – hombre y mujer. Esto también habría sido un pensamiento radical en el mundo antiguo. En el Antiguo Cercano Oriente, en general, se creía que las únicas personas que portaban la imagen de Dios eran los reyes.9 El hecho de que el texto diga explícitamente “hombre y mujer”, es decir, todas las personas están hechas a imagen de Dios, es una desviación radical de las formas convencionales de pensar que existían en esa época. De hecho, la mención del hombre y la mujer es mucho más radical que esto, ya que se puede entrever un sentido de interdependencia e interconexión en la manera en la que los seres humanos deben reflejar la imagen de Dios en la Tierra. Por eso, creo que todo esto nos revela datos importantes, no solo de las características distintivas de los hombres y las mujeres, por así decirlo, sino también del aspecto comunitario de lo que significa reflejar el carácter de Dios. De acuerdo con la concepción bíblica, por tanto, reflejar el carácter y la gloria de Dios es algo que solo se puede lograr a través de la comunidad de seres humanos en su conjunto, y ningún individuo por sí solo sería capaz de hacerlo.
Conclusión
En conclusión: está claro que el relato bíblico de la creación, por un lado, muestra una clara conciencia acerca de los diversos motivos y símbolos literarios que también prevalecen en otros relatos antiguos sobre los orígenes del cosmos. Al mismo tiempo, Génesis 1 es su propia creación (perdón por el juego de palabras). Gracias a la reconfiguración, combinación, y enfatización de ciertas ideas por encima de otras, el autor de esta historia construyó una poderosa declaración teológica sobre los orígenes del cosmos. En este artículo, solo he podido articular una interpretación de Génesis 1 muy general basándome en el contexto cultural e histórico del Antiguo Cercano Oriente. Sin embargo, también espero haber podido ilustrar un principio interpretativo más amplio, teniendo en cuenta el hecho de que, cuando situamos el libro del Génesis en su propio contexto cultural e histórico y vemos que algunas de las ideas que se utilizan en el texto aparecen en otras historias de creación, eso no quiere decir que el autor de Génesis adoptara las ideas convencionales de su entorno de una manera superficial y sin sentido. De vez en cuando, los eruditos y los teólogos bíblicos afirman que la Biblia “toma prestados” motivos y temas de esta u otra literatura del Antiguo Cercano Oriente. Si bien hay casos en los que se puede decir eso, creo que usar la expresión “tomar prestado” no hace justicia a la creatividad y la brillantez de los escritores bíblicos. Lo que encontramos en la Biblia en general, y en Génesis 1 en particular, es una sofisticación literaria del más alto nivel, evidenciada a veces por la remodelación consciente de ideas culturales con el fin de lograr propósitos exclusivamente teológicos y, como cristianos, haríamos bien en prestarle atención a este aspecto del texto bíblico en nuestro intento de discernir el mensaje que tiene para nosotros.